Fernando Vallejo aún no ha muerto

Desde hace menos de una década Fernando Vallejo asegura que está muerto.

Él mismo, de voz y presencia física palpable, dice que se marchó a la tranquilidad y negritud de la nada desde aquella vez que atravesó el Atlántico para asistir como conferencista a una feria del libro en Barcelona. Así está consignado en su texto La rambla paralela. Sin embargo, a este muerto en vida le concedieron —y no como homenaje póstumo— el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) en Lenguas Romances 2011, el pasado martes.

Un honor más para la totalidad de su obra, que es acaso inclasificable dentro de la literatura contemporánea. En sus libros, en ese “yo” que va devastando sin precedentes todo lo que es sagrado, bendito, admirado o respetado, hay una prosa que, además de perfectamente escrita —porque, qué no sabe Vallejo de gramática—, ruge al lector y lo despierta. Las ideas del escritor pueden ser cuestionadas y controvertidas fácilmente. Odiadas, rechazadas, censuradas o como se quiera. Pero la fluidez de su escritura, la capacidad narrativa, el humor exuberante que profesa en cada línea, en fin, la literatura misma que escribe, perdura a pesar de él. Lo excede.

Vallejo repite mucho. Siempre. Ha dicho con cada libro publicado que es el último. Ha jurado, cada vez que se va, no volver a Colombia. Ha manifestado que la Iglesia es una empresa criminal. Que la humanidad no tiene remedio. Que somos ciegos ante el desamparo de los animales. Con cada premio ganado también repite una misma fórmula: que le queda grande. A él sí, tal vez: es un ser humano corriente; pero a su literatura no. Los premios le faltan a la obra de Vallejo. Aparte de ser un hombre polifacético (porque hay muchos Vallejos regados por el mundo: músicos, gramáticos, biógrafos, biólogos, cineastas, políglotas…) su obra es complejísima: desde tratados de biología, biografías y experimentos como “gramáticas literarias”, hasta literatura de ficción.

¿Cómo puede un hombre que se repite todo el tiempo tener tantos premios y reconocimientos? Ahí mismo reside su genialidad. Limitémonos a su obra literaria: de Los días azules, el primero, a El don de la vida, el último de los que ha escrito, pueden encontrarse las mismas ideas una y otra vez: animales, Iglesia Católica, el Papa, la mamá, la reproducción humana, Medellín, la finca en Santa Anita, etcétera. Pero en cada uno de ellos reside un espíritu distinto, un alma que cobra vida desde otra perspectiva para contarlo de nuevo y que el lector no se aburra.

Y a pesar de que Vallejo sea repudiado por amplios sectores de la sociedad, sus lectores, que más parecen fieles —como una contradictoria religión Vallejo—, siguen celebrando sus palabras. Así es como Colombia posee una de las voces literarias más brillantes de los últimos tiempos. Ya lo dijo el jurado: “Su escritura gira en torno a un único tema, Colombia, pero en realidad es una excursión abigarrada y comprometida por los conflictos del ser humano, desde la denuncia al desencanto, pasando por una difícil ternura que a veces es entendida también como agresión o disconformidad”.

Que Vallejo continúe, muerto, vivo o como quiera autodeterminarse. Que siga saliendo con “otra de sus mamarrachadas”, como asegura de sí mismo en uno de sus libros. Ahí donará el premio, otra vez, a alguna fundación de animales. 150.000 dólares. ¿Y no a niños pobres colombianos? Pues no. Porque Vallejo es obstinado, se mantiene en su línea firme de desprecio a la humanidad. Y que siga escribiendo improperios, las letras se lo agradecen.

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