Francia resiste los cantos de sirena del odio

La deuda que tienen los gobiernos liberales con las personas que han sido aplastadas por la desigualdad y los cambios económicos sigue vigente. / AFP.

El triunfo de Emmanuel Macron en la segunda vuelta para la Presidencia de Francia causó un suspiro de alivio en todas las personas que han visto con justa angustia el crecimiento de los partidos populistas, xenófobos y nacionalistas en varias partes del mundo. Aunque hay varias cosas para celebrar y señales esperanzadoras, son muchos los retos en esta nueva guerra cultural y política contra los principios básicos del liberalismo.

Macron llegó a la Presidencia por descarte. Es muy diciente que no pertenezca a ningún partido tradicional y que su rival haya sido Marine Le Pen, la ultraderechista que también es vista como una persona ajena al establecimiento político tradicional francés. El mensaje es claro: las personas están hastiadas de las mismas dinámicas de siempre y van a buscar alternativas. En últimas, el nuevo habitante del Elíseo llegó allí gracias a no ser identificado con los políticos de siempre (pese a haber sido ministro de Comercio del actual presidente, François Hollande), y a que los franceses tuvieron la sensatez de montar una coalición en segunda vuelta para no permitir que la nefasta xenofobia de Le Pen se montara al poder.

Esas condiciones serán determinantes para su mandato, pues al no tener partido político propio se enfrenta a un escenario complejo de cara a las elecciones parlamentarias en junio. En ellas, Le Pen tiene buenas probabilidades de obtener más escaños que él, lo que representará una fuerte oposición que sólo podrá quebrar mediante la construcción de difíciles alianzas.

Y es que su Gobierno será esencial para saber si el populismo es detenido o no. Porque, aunque el triunfo de Macron fue apabullante (66 % contra 34 %), no se pueden menospreciar los votos a favor de Le Pen y el abstencionismo histórico. Son personas que están expresando su descontento con las políticas neoliberales que representa Macron y una peligrosa afinidad con los discursos excluyentes.

Con la xenofobia el liberalismo no puede negociar, sólo dejarla en evidencia. Pero la deuda que tienen los gobiernos liberales con las personas que han sido aplastadas por la desigualdad y los cambios económicos sigue vigente. Si bien respira la Unión Europea, si Macron y los líderes elegidos no proponen alternativas que estabilicen y atiendan los problemas de los ciudadanos marginados, no sería extraño que el fantasma de Le Pen y compañía siga creciendo.

Dicho eso, no puede negarse que hay motivos para creer que, incluso en situaciones adversas, el electorado está empezando a ver lo daniño de elegir populistas. Primero en Austria, luego en Holanda y ahora en Francia, los partidos extremistas están siendo detenidos. Le Pen contaba con el apoyo de Washington y Moscú, una extraña (pero cada vez más común) combinación, lo que demuestra que Donald Trump y Vladimir Putin están empecinados en cambiar las prioridades del orden mundial. De las libertades estamos moviéndonos a un caudillismo global que sólo creará más tensiones y echará para atrás los avances del políticos del último siglo.

En Colombia no sobran los admiradores de las estrategias de Le Pen. Las hemos visto y prometen aparecer con fuerza en las elecciones parlamentarias y presidenciales del año entrante. En Macron y en Francia, sin embargo, hay un ejemplo contundente de que hay formas de frenar la irracionalidad. Eso, en este mundo convulsionaodo, es motivo suficiente para celebrar.

 

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