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Fueron más de 12.000 visitas las que recibió la página del concurso y 388 los trabajos finalmente inscritos. La gran mayoría sorprendió por la seriedad de la investigación, el cuidado en la narrativa y la independencia en la interpretación. Buenos años vendrán para el periodismo si las jóvenes promesas continúan tanto con la capacidad de hacer reportería completa y responsable, como con la disposición de escoltar el desarrollo del país, incluso, en sus más negros capítulos. Visibilizar las tragedias es siempre difícil, pero como lo dijo Édison Arley Bolaños, ganador de la sección de Judicial con su reportaje El último rastro de la masacre del Naya: “Un periodista que pretenda interpretar la realidad debe mirarse a la cara con ella”.
Es por esto que Isabella Portilla, ganadora del premio mayor, para escribir su crónica: Una mentira nunca vive hasta hacerse vieja y rescatar la historia de Liliana Cáceres, más conocida como La Barriga de Trapo, tuvo que viajar, en buses intermunicipales, dos veces a Barranquilla y una a Cartagena para así recoger, de esquina en esquina, los testimonios. Pero la cultura vale la pena, como vale la pena su crónica. De la misma manera, Yeison Fernando López, ganador de la sección de Política, investigó por dos meses enteros un campo de desplazados —recordando dolorosamente su propia historia— para hacer el informe: Santa Ana, drama humanitario, y mostrar que muy a pesar de las promesas de reparación y garantías del Estado, lo único que están recibiendo las víctimas del conflicto es ayuda humanitaria. Una gran decepción es el ánimo de este campo y es también el título del artículo de opinión de Luisa Fernanda Gómez, quien dice, no poco molesta, haber aprendido como estudiante de periodismo el sentido de la frase “comer mierda”.
La joven comunicadora lo asegura, no recogiendo el maltrato impuesto por el conflicto armado y el olvido del Gobierno, sino por prácticas, en principio sanas, y oficios, en principio loables, que se vuelven mezquinos y degradantes. Se refiere al periodismo. Se queja de la profesión en el país, la cual, según ella, se pierde más veces que menos en la búsqueda de reconocimiento, adoración y adulación. Paula Rícoli, con su trabajo Los hijos de la revolución, nos recuerda que damos por sentado escenarios que tristemente no son compartidos. Satrap Hashemi, rapero de 23 años con quien se comunicó por vía electrónica para su investigación, debe disculparse por la tardanza de su respuesta, pues “hubo filtraciones en internet la semana pasada” en Teherán, capital de un país en el que están prohibidos el hip hop, las fiestas, el baile y el alcohol.
Estos, junto con Marcela Vargas Aguilar y su texto El arte de estirar la plata y Édgar Medina con su artículo Una sobredosis virtual, fueron los ganadores del premio creado en honor al periodismo transparente, valiente y cuidadoso que supo ejercer el director insigne de El Espectador, don Guillermo Cano, quien puso su profesión por encima incluso de su vida, pues entendió, como Salomé, otro de los jóvenes raperos iraníes, que “la libertad es cuando la tienes, no cuando te la dan”. Y así como el último canta hoy en la red a pesar de la censura, el primero publicó hace más de veinte años a pesar de la mafia, la violencia y la corrupción. Y como ellos dos, las promesas del periodismo se han atrevido a escribir, en tinta y papel, la historia actual del país y el mundo, y también, como ellos dos, a pesar de las consecuencias.