Guerra al piso: el contramonumento de Doris Salcedo

Tiene un simbolismo demoledor que la apuesta sea no por construir un monumento, sino un espacio de reflexión, de catarsis. / Foto: Cristian Garavito - El Espectador

El arte tiene cómo ayudar a sanar el país. Después de un proceso de paz que, paradójicamente, generó más polarización entre los colombianos, el posacuerdo está carente de narrativas que no solo nos expliquen lo que ocurrió, sino que nos den las herramientas para seguir adelante. Por eso, el esfuerzo titánico de la artista Doris Salcedo por convertir las armas de las Farc en un espacio de reflexión y creación es un gran aporte al país. ¿Está la ciudadanía lista para reflexionar sobre el dónde estamos y cómo llegamos aquí?

Al sur de la Casa de Nariño, por la carrera Séptima, Salcedo se tomó un espacio. Su objetivo era construir el primero de los tres monumentos que se harán producto del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las Farc. En el pacto de La Habana se dispuso que, una vez fundidas las armas de la exguerrilla, se construirían tres obras: una en Colombia, otra para la sede de la Organización de las Naciones Unidas, en Nueva York, y otra en Cuba, donde ocurrieron las negociaciones.

El resultado es Fragmentos. Al entrar al espacio, los visitantes están pisando 1.300 placas metálicas, que cubren 800 metros cuadrados, construidas a partir de la fundición de unas 37 toneladas de armamento.

Según Salcedo, en entrevista con El Espectador, “la belleza tenía que estar de plano eliminada en esta obra. Me parecía inmoral otorgarle belleza a unas armas; por eso me negué a hacer un monumento, esto es un contramonumento. Yo creo que el artista tiene que pensar con delicadeza. No se puede glorificar la violencia, hay que criticarla. Recibí estas armas y no podía embellecerlas, sabiendo que han generado tanto dolor, tanta destrucción y tanta muerte”.

Por eso, además de confinar las armas fundidas al piso, las placas metálicas tienen martillazos hechos por mujeres víctimas de violación sexual por parte de diferentes actores durante nuestra guerra.

Para la artista, “a pesar de que las mujeres estaban utilizando las armas, como las mujeres guerrilleras, ellas también fueron víctimas, en muchos casos por paramilitares, por Fuerza Pública o dentro de las mismas filas guerrilleras. Tuvieran o no tuvieran armas, las mujeres fueron victimizadas y es una historia que hay que contar. He llegado a comprender que es el crimen más terrible que hay; te destruye a ti mismo, destruye tus relaciones con el otro, con el mundo. Si logramos, como hicimos con este grupo de mujeres, permitirles que cada víctima cuente su historia, que nadie usurpe su voz, desde ahí empezaríamos a escuchar una versión distinta de lo que fue la guerra”.

Así, tiene un simbolismo demoledor que la apuesta sea no por construir un monumento, sino un espacio de reflexión, de catarsis. La sanación no viene con la negación del pasado, sino con la confrontación sincera, transparente. Ese es el tipo de conversaciones que el país no ha podido dar, distraído por el ruido de la política y de los discursos incendiarios.

Todos los colombianos deberían, en algún momento, visitar este espacio, recordar toda la sangre que tuvo que correr por culpa de esos fusiles y pensar en qué nos hace falta para que el conflicto no vuelva a ocurrir. En tiempos de polarización no está de más seguirle apostando a la paz.

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