La hora de definirse

El llamado partido de la Unidad Nacional está hoy más dividido que nunca. Fuimos testigos de este espectáculo el día domingo, cuando sus dos máximos líderes protagonizaron —aun sin encontrarse cara a cara— un rifirrafe en la Asamblea Nacional del partido.

Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos pronunciaron sendos discursos que no sólo fueron muy duros, sino que también sirvieron para evidenciar las profundas diferencias que hay entre ellos sobre el entendimiento que tienen del país. Sobre todo en temas relacionados con las Farc y la seguridad. Esto desvela la fragilidad de la institución que cada uno dice representar.

Mientras el expresidente afirmaba que la seguridad está mal, que se negocia con los terroristas, que el tema de despenalizar el uso de drogas desmoraliza a las Fuerzas Armadas, entre otros, el presidente Santos decía que no llegaba cual “rufián” a demostrar que mandaba en el interior, sino a hablar de las bases institucionales de su partido. No dejó, sin embargo, de echarle unas pullas al expresidente, incumpliendo su mantra famoso de “no peleo con Uribe” y probablemente dividiendo más los polos del partido.

Asistimos, entonces, al repetitivo escenario de la fragilidad de los partidos en Colombia. Y, peor, con un nuevo partido y el de mayor votación en el país en los últimos tiempos. Un partido que se conformó y ha crecido como una suma de intereses y propósitos electoreros antes que como concentración alrededor de un ideario político claro. Lo sucedido en su asamblea nacional no hace sino confirmarlo.

Una democracia seria no puede permitirse esto. Las colectividades políticas deben ser fuertes, consolidadas, pegadas a una institucionalidad propia, que tengan un ideario común sin saltarse sus propios principios. Los partidos no son (o no deberían ser) fortines políticos para aprovechar el coyuntural momento del árbol que más sombra da. Nuestros congresistas tienen que estar a la altura de lo que significa una colectividad en el espectro político y democrático. La idea de los partidos es que representen unos intereses definidos de toda la población que representan. Hasta el más obtuso exponente de teorías de la representación entiende y defiende este concepto.

En medio de este bochornoso espectáculo se discute el proyecto de ley que permitiría revivir el transfuguismo, que no es más que la posibilidad de que los legisladores puedan pasarse de un partido político a otro según su capricho. Sus defensores ven en este proyecto la manera de solucionar la debilidad institucional: el hecho de que se reconformen los miembros de cada colectividad según sus propias tendencias ideológicas. Así, un congresista que esté hoy en la U podría pasarse al Puro Centro Democrático y mantener su curul. Más que una solución, esto sería una muestra irrefutable de nuestra debilidad partidaria.

La democracia es de instituciones, no de personas. Para que el Partido de la U comience a ser una colectividad seria, más allá del día de elecciones y de saberse mantener a la sombra del árbol más frondoso, debe reformular desde la base cuáles son sus principios y sus ideales. No puede continuar en este toma y dame entre dos de sus líderes dejando a las bases sociales confundidas. Es hora de definir su futuro. Un espectáculo como el de este fin de semana no debe repetirse. La creación del llamado Puro Centro Democrático (entendiéndolo como un partido de derecha) podría ayudar a definir por defecto el rumbo incierto de la U. Pero antes de que esto pase, podrían dar muestras de mayor claridad.