La alternancia es apenas un primer y necesario paso

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Volvieron las clases. A medias, con muchas restricciones y con exceso de dudas por resolver, pero regresaron. Se trata de una buena noticia, aunque persisten reclamos válidos especialmente desde el gremio de profesores. Enfrentados a un debate complejo, la ponderación lleva a favorecer la presencialidad, así sea interrumpida, como mecanismo de protección para niñas, niños y adolescentes. Los hogares colombianos en pandemia se convirtieron en espacios de violencia, afectaciones a la salud mental y estancamiento intelectual. Ahora la pregunta es cómo garantizamos la seguridad de los maestros y maestras que están en riesgo o tienen comorbilidades. También está pendiente la aceleración de la inversión en mejoras y adecuaciones para los colegios públicos con más atrasos. Tenemos que estar a la altura del reto histórico que nos enfrenta.

Los argumentos a favor de la apertura de los colegios nos parecen claros. En columna reciente para El Espectador, Julián de Zubiría Samper hace una afirmación dolorosa: “Los niños maltratados se vuelven obedientes, pero quedan emocionalmente rotos”. No se trata de una preocupación vacía. Medicina Legal reportó 19.913 casos de violencia intrafamiliar hasta noviembre de 2020. Además, 579 menores de edad fueron asesinados. Es una realidad problemática: los hogares colombianos son un campo de batalla para nuestras niñas, niños y adolescentes. Ante eso, los colegios son espacios de refugio y esperanza, un necesario escape a la hostilidad diaria.

Lo propio ha dicho la Sociedad Colombiana de Pediatría. Celebrando la reapertura de los colegios, fueron claros en evidenciar cuál era el problema: “Durante el curso de esta pandemia los niños han sido seriamente afectados. Día a día han vivido de cerca la angustia de sus familias por una situación compleja, algunos han visto morir a sus abuelos y a familiares queridos, y todos han perdido un año de vida “normal”, de vida escolar, de juegos, de abrazos y de interacción con sus amigos”. Los efectos son perversos. Como explicó la ministra de Educación, María Victoria Angulo, “es necesario reiterar la importancia del proceso de alternancia para evitar el aumento de las brechas de aprendizaje y mitigar los efectos emocionales producidos por el aislamiento, como ansiedad, estrés, depresión, dificultad para la resolución de conflictos y para manejar sus emociones”.

Estábamos en una crisis educativa que amenaza con tener efectos por muchos años. De hecho, aún seguimos ahí, pues la alternancia no es ideal. El 59 % de las 96 secretarías de Educación de Colombia ya operan bajo alternancia, pero faltan muchos niños, niñas y adolescentes por regresar a las aulas.

Tampoco podemos echar en saco roto las preocupaciones de los maestros. Con la alternancia regresaron las denuncias. Colegios sin las capacidades. Falta de garantías. Ausencia de compasión con quienes tienen comorbilidades o comparten el hogar con personas en riesgo. Carencia de un transporte público decente. Esta mezcla de fallas estructurales e históricas con los peligros coyunturales de la pandemia es mortal. Si bien no todo puede solucionarse y sí es necesario un esfuerzo, los gobiernos en todos los niveles tienen que tomar medidas vehementes y eficientes para proteger a los docentes. Ellos también deberían contar con prioridad en el momento de empezar la vacunación.

Debemos monitorear los casos y lo que ocurre, así como escuchar a todas las voces. Pero el regreso a los colegios es, en todo caso, una buena noticia. La juventud colombiana lo necesitaba con urgencia.

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