La crisis de empatía en Colombia

El altercado homofóbico que ocurrió recientemente en el Centro Andino encapsula la batalla que se está librando en Colombia entre ser un país más incluyente, diverso y empático, o permitir que la violencia se siga ejerciendo contra una población que históricamente ha sido vulnerada por las mayorías. Una pregunta que no se puede olvidar en este proceso es: ¿cómo, pese al ruido de los gritos y del dolor, entablamos conversaciones que acerquen a los polos y nos recuerden que somos, todos, colombianos que deben convivir en paz?

Durante la semana, se filtró un video que rápidamente se volvió viral. En él, un hombre agrede verbalmente a una pareja de jóvenes (ambos hombres) porque, supuestamente, estaban incurriendo en actos obscenos. Los gritos del victimario son descontrolados y tenían un propósito claro: la humillación pública, el despedazar en el campo de lo simbólico a unas personas a quienes no reconoce como iguales, como seres con derechos que merecen respeto.

Paradójicamente, la fuente de la indignación del agresor era el mal ejemplo que se les estaba dando a los niños, pues él, como dice con orgullo, es un padre. En respuesta a lo ocurrido, la Policía Nacional le impartió un comparendo a la joven pareja.

Por fortuna, el Centro Andino publicó los videos de las cámaras de seguridad, donde se demuestra que la pareja no estaba realizando ningún acto obsceno. Quedó en evidencia, entonces, que todo se trató de un abuso más en contra de personas que hacen parte de una población discriminada, incómoda.

Son varias las preguntas que sugiere el caso. ¿Por qué la Policía le hizo caso al agresor y sancionó a los jóvenes sin tener pruebas? ¿Por qué luego dijo no conocer los videos si el Centro Andino los había proporcionado? ¿Se trató de un abuso de autoridad? En cuanto al victimario, ¿qué lo envalentonó para realizar tal agresión?

Se trata de inquietudes que deben ser resueltas cuanto antes. Sin embargo, en esta ocasión queremos concentrarnos en una pregunta más profunda y que apunta a la coyuntura nacional: ¿cómo vamos a lograr que ese tipo de agresiones nunca vuelvan a ocurrir y que, si pasan, el rechazo nacional sea al unísono?

Cada vez que dedicamos este espacio a cubrir algún tema de derechos de las personas LGBT o a criticar la postura que sobre ellos tienen los movimientos conservadores del país, recibimos la misma queja. Políticos de alto nivel, pastores cristianos y ciudadanos del común nos dicen que los estamos censurando, que estamos realizando una persecución religiosa y que los hechos no mienten. ¿Cómo entablamos una conversación con ese sector?

Lo que no puede olvidarse es que ese “los hechos no mienten” lo que significa es que las personas LGBT no deberían existir; es un impulso por regresarlos al clóset y condenarlos a sufrir en silencio agresiones como la del Centro Andino. Si de verdad queremos que exista una conversación nacional sobre el tema, tiene que construirse partiendo de un punto innegociable: los derechos de las personas LGBT no pueden echarse para atrás.

Eso no es cerrar la conversación, censurar ni mucho menos perseguir a una religión. Es, creemos, proponer la empatía como base de cualquier diálogo. Tendrán que ceder quienes ejercen la violencia, como el agresor del Centro Andino, por supuesto. Pero también es una oportunidad para que los opuestos se encuentren, para hablar y ver que los cambios de paradigma no deben asustar, que una sociedad gana cuando incluye a todas sus personas.

Necesitamos menos gritos, menos campañas de odio y más preguntas sinceras. Más empatía.

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