Berlín ha sido, probablemente, una de las ciudades de mayor tradición de movilización de la causa LGBTIQ+ en el mundo. A finales del siglo XIX fue allí donde se usó por primera vez la palabra “homosexualidad” y donde comenzaron los primeros movimientos en defensa de estos derechos, que más tarde serían perseguidos por el nazismo. Por eso, reviste de una particular carga simbólica el trágico atentado contra la Marcha del Orgullo LGBTIQ+ ocurrido en esa ciudad el pasado 25 de julio. El responsable fue identificado por las autoridades como Abdul Ballout, un joven de 21 años, ciudadano alemán de origen libanés y con un preocupante expediente de radicalización vinculada al extremismo islámico. Tras haber arrollado a una multitud en el parque Tiergarten –dejando una persona muerta y una treintena de heridos–, se dio a la fuga y fue abatido al día siguiente, cuando intentó agredir a los agentes durante su captura.
Este atentado se suma a una lista de agresiones registradas en los últimos años contra la población LGBTIQ+ en Alemania. Las cifras de la policía y de las organizaciones sociales dan cuenta de una escalada de agresiones físicas, interrupciones violentas a marchas y protestas, acoso en redes sociales e incluso intentos de homicidio. De acuerdo con un informe de seguridad elaborado por la Amadeu Antonio Stiftung, la abrumadora mayoría de estos ataques contra eventos como estos en territorio alemán han sido motivados y ejecutados por sectores de la extrema derecha. El informe expone cómo los grupos radicales ultranacionalistas han orquestado contramovilizaciones agresivas, asaltos físicos e intimidaciones sistemáticas contra activistas y asistentes.
Detrás de estos ataques subyace una ideología que mantiene una visión estrecha de los roles de género, según la cual solo existen unas pocas formas legítimas de expresar la identidad y la sexualidad y lo que se sale de allí es tachado de “perversión”. En su discurso reaccionario, estos grupos suelen enmascarar su violencia amparándose en la supuesta “defensa de la niñez”, de la “familia tradicional” y de un proyecto de nación “puro”. Una retórica similar fue empleada por Adolf Hitler para promover la persecución de las personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas.
En el ámbito institucional, muchos de estos colectivos radicales encuentran su respaldo en el partido Alternative für Deutschland (AfD). Líderes de la AfD han abogado por restringir o destruir derechos ganados por la poblaciónLGBTIQ+, han impulsado iniciativas para prohibir las banderas arcoíris en edificios públicos e instituciones, y han desplegado reiteradamente un lenguaje deshumanizante en el debate político. La Oficina Federal para la Protección de la Constitución, el servicio de inteligencia interior de Alemania, ha calificado a la AfD como una organización extremista, pero el partido va camino a convertirse en la principal fuerza política de ese país.
Sin embargo, tras la tragedia en el Tiergarten, los voceros de esta misma fuerza política condenaron de forma veloz y oportunista el atentado. Su indignación repentina no responde a una genuina empatía con las víctimas, sino al hecho de que el perpetrador es un radical islamista. Esta coincidencia les proporciona un valioso capital político en su agenda xenófoba e islamófoba. Es altamente revelador que, en sus declaraciones públicas, los políticos de la AfD han evitado cuidadosamente condenar –o siquiera mencionar– la homofobia como el motor ideológico del ataque, desviando deliberadamente el foco hacia la identidad del agresor. Su silencio en los otros cientos de ataques contra la población sexualmente diversa ha sido atronador.
La amarga realidad que deja al descubierto este atentado es que, cuando se trata de violentar los derechos LGBTIQ+, la extrema derecha –incluso si es secular– y los fanáticos religiosos de distintas vertientes terminan dándose la mano. A pesar de adscribir a doctrinas en apariencia opuestas, ambos extremismos comparten la misma intolerancia, el mismo rechazo a la diversidad y una obsesión común por restringir los derechos relacionados con la orientación sexual y la identidad de género.
No puede generalizarse, tampoco negarse: el fenómeno de la radicalización islámica existe y ha tomado fuerza en jóvenes europeos a través de las redes sociales. No puede negarse, tampoco, la existencia de personas musulmanas queer.
Este crimen ocurre, además, en un momento en que el continente europeo atraviesa un álgido debate y una profunda polarización en torno a las políticas migratorias y la seguridad ciudadana. Frente a esta encrucijada, la respuesta de la sociedad democrática no puede ser caer en el juego instrumental de quienes capitalizan la tragedia para sembrar xenofobia, ni ignorar el peligro que representa el extremismo religioso. La verdadera defensa de la democracia y la libertad exige nombrar al problema por su nombre: la violencia y la homofobia, vengan de donde vengan, no tienen cabida en una sociedad democrática.
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