La encrucijada venezolana

La dictadura de Nicolás Maduro se aferra al poder con el uso de la fuerza, mientras un nuevo intento de diálogo se adelanta sin pena ni gloria. / Foto: AFP

La crítica situación en Venezuela continúa bajo la lógica según la cual pasa de todo pero no termina de pasar nada concreto que logre solventarla. Seis meses después de que Juan Guaidó asumiera como presidente encargado, del endurecimiento de las sanciones por parte de Estados Unidos y de la presión diplomática que encabeza el Grupo de Lima, no se le ve salida al laberinto. La dictadura de Nicolás Maduro se aferra al poder con el uso de la fuerza, mientras un nuevo intento de diálogo se adelanta sin pena ni gloria.

El anuncio formulado por Washington, el lunes anterior, de imponer un bloqueo total al régimen de Caracas demuestra que ya las últimas cartas de presión, por parte de la administración Trump, parecen estar sobre la mesa. Así lo dejó en claro un comunicado de la Casa Blanca donde se vuelve al lenguaje de la amenaza: “Todas las opciones están sobre la mesa. Estados Unidos utilizará todas las herramientas apropiadas para poner fin al control de Maduro sobre Venezuela”. Así las cosas, el mensaje parece ser que, si no hay salida a corto plazo, de nuevo se abre la puerta a la opción de acudir a medidas de fuerza. Las mismas que ya han sido rechazadas con anterioridad por el Grupo de Lima.

Lo cierto es que hasta el momento ninguna de las medidas ha tenido un resultado efectivo contra Nicolás Maduro. El cerco diplomático generó cierta esperanza en sus primeros momentos. Sin embargo, el fracaso de acciones como la del ingreso de ayuda humanitaria en febrero o el intento de levantamiento en abril, sumado al apoyo de países como Rusia, China, Turquía o Irán, han dado mayor aire a la dictadura. Los crudos informes que han expedido la OEA y, más recientemente, la ONU, con respecto a la violación sistemática de derechos humanos que ha llevado a cabo la dictadura, son la mejor prueba de la comisión de delitos de lesa humanidad por los que tendrán que responder sus responsables. Mientras las Fuerzas Armadas continúen prestando su vergonzoso apoyo al régimen es casi imposible que se presente un cambio real.

De otro lado, y ante la presión internacional, Juan Guaidó aceptó participar en un diálogo que podría ser la nueva crónica de una muerte anunciada. Nadie duda de que la interlocución entre las partes será siempre el mejor camino a seguir para solucionar un problema. Más aún con las dimensiones y graves consecuencias del que vive Venezuela. Sin embargo, la valiosa intermediación de Noruega para acercar al gobierno y a la oposición, ahora reunidos en Barbados, no augura buenos resultados. Ya con anterioridad Chávez y ahora Maduro han demostrado que no están dispuestos a dejar el poder, y menos a honrar los compromisos que se deriven del diálogo. Oponerse a la realización de elecciones libres, transparentes y con supervisión internacional ha sido, y parece que seguirá siendo, el punto inamovible para Miraflores.

Mientras tanto, las consecuencias nefastas de esta situación siguen siendo palpables con los más de cuatro millones de migrantes, en la mayor crisis humanitaria que ha vivido la región en tiempos modernos. Ya Perú y Ecuador decidieron exigir visa para el ingreso de estos a su territorio. En Colombia, y como lo mencionamos en estas páginas, el Gobierno del presidente Iván Duque ha mantenido una valerosa política de solidaridad con las personas que han llegado al país, así como con el conceder la ciudadanía para los hijos de venezolanos que han nacido en Colombia. Lo anterior a pesar de la impopularidad que este hecho le acarrea al Gobierno.

Sin embargo, para los expertos, la actual sinsalida va a incrementar aún más el éxodo de venezolanos. El régimen podrá escudarse ahora en el falso nacionalismo de achacar todos sus errores e ineficiencias en materia de suministro de alimentos y medicinas al “bloqueo del imperio”. Mientras tanto, millones de personas continuarán sufriendo el hambre, la carencia de medicinas, la inseguridad y la represión indiscriminada al otro lado de la frontera.

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