La ética en el partido entre Colombia y Perú

Esta es la misma selección que nos enseñó sobre la importancia de la unidad y el trabajo disciplinado en el pasado Mundial. Por eso, ignorar las tensiones éticas de fondo envía un mensaje desafortunado. / AFP

Como país deberíamos hacernos unas preguntas: ¿Haber acordado no hacerse daño, al final del partido entre Colombia y Perú por las eliminatorias al Mundial de Rusia 2018, es un acto válido o un pacto anticompetitivo que, cuando menos, tuerce las reglas del fútbol? ¿Se puede hablar de rechazar la corrupción y, al mismo tiempo, celebrar la “viveza” que demostraron los jugadores de los dos seleccionados? Ahora que hay una denuncia ante la FIFA y que hay la posibilidad de que se tomen acciones en contra de la selección, es la oportunidad de tener esa discusión ética.

Varios abogados chilenos presentaron ante la FIFA una denuncia contra el partido que clasificó a Colombia, llevó a Perú al repechaje y dejó por fuera a Chile. En ella se dice que “luego del empate entre las selecciones, las imágenes del partido denotan que los jugadores de ambos equipos simplemente acordaron el empate”. Esto sería una infracción de la regla 69 del Código Disciplinario, que dispone que “el que intente influir en el resultado de un partido contraviniendo los principios de la ética deportiva, será sancionado”.

Según explicó Fernando Sosa, abogado uruguayo, expresidente de la Comisión de Disciplina de la Asociación Uruguaya de Fútbol, al periódico El Mercurio, “ahora el caso va al Tribunal de Disciplina, que debe evaluar si hay méritos para iniciar la investigación. Desde la FIFA explicaron que los abogados chilenos presentaron 43 evidencias. Si se comprueba que desapareció la competencia, lo que corresponde es que los tribunales respectivos actúen”.

Una sanción contra Colombia y Perú nos parecería desproporcionada por varios motivos. Primero, porque sería desconocer la realidad del partido disputado. Ambos equipos fueron a dejar la vida en la cancha y eso lo demuestran las imágenes de los 90 minutos. Segundo, los dos equipos beneficiados por un castigo, Chile y Paraguay, perdieron sus respectivos partidos, sellando ellos mismos su destino. Tercero, hay un antecedente que operó contra Colombia donde hubo inacción de la FIFA: el encuentro del 2001 entre Uruguay y Argentina, donde claramente hubo un empate producto de dudosa competencia.

Sin embargo, es necesario hacerse la pregunta ética por el comportamiento de los colombianos y los peruanos. Lo que hizo Colombia fue claramente un pacto de no agresión que rompe la idea de la competencia y el juego limpio. Dirán, como sugirió Faustino Asprilla, que a Radamel Falcao le faltó “cancha” por dejarse “pillar”. ¿No es esa una lógica similar a la de que “el vivo vive del bobo”, tan común para justificar los actos pequeños y grandes de corrupción que tanto daño le han hecho al país? ¿Acaso el que ese tipo de pactos sean comunes en la historia del fútbol los convierte en legítimos? ¿Nos parecía mal cuando Argentina y Uruguay nos afectaban con algo similar, pero ahora no decimos nada? ¿Puede decirse que es una actitud que debería promoverse entre todas las personas que observan a los deportistas como modelos a seguir? Si bien en principio hay la percepción de que el pacto no es tan dañino como otros casos más perversos de corrupción, eso no elimina la pregunta por el deber ser detrás del comportamiento.

¿Qué dice, por cierto, la actitud de Falcao, en representación de todo el equipo colombiano, al final del partido? ¿Que no nos importa romper las reglas cuando nos beneficia, o que no creemos que estamos rompiendo las reglas? ¿Que torcer el reglamento en casos “inocentes” está justificado? ¿Dónde, entonces, trazamos la línea de lo apropiado y lo reprochable?

Son preguntas difíciles, mediadas por las pasiones que nos despierta el hecho de que Colombia clasificó merecidamente a un Mundial, y no sólo por ese partido, sino por el juicioso trabajo de tres años. Esta es la misma selección que nos enseñó sobre la importancia de la unidad y el trabajo disciplinado en el pasado Mundial.

Por eso, ignorar las tensiones éticas de fondo envía un mensaje desafortunado. No puede hablarse de construir un país honesto si estamos dispuestos a transar con las reglas cuando nos conviene. Por lo menos vale la pena dar la discusión sin excusas cómplices con las lógicas avivatas a las que estamos tan acostumbrados.

 

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