Estados Unidos se fue a la guerra. Ya no con invasiones y coaliciones internacionales, como ocurrió a finales del siglo pasado e inicios del presente, sino con una política tributaria agresiva. Esta vez, además, no hay una lucha a favor de la democracia y las libertades, como muchas de esas campañas del pasado intentaron enmarcarse discursivamente (aunque con cuestionamientos desde la realidad), sino para garantizar que el mundo entero sepa que Donald Trump es el hombre más fuerte del planeta y que todos debemos rendirle pleitesía. Los aranceles impuestos a Canadá y México, aliados históricos y vecinos incondicionales de Estados Unidos, amenazan no solo con causar una crisis económica en el corto plazo, sino que pueden terminar de erosionar la capacidad diplomática de los estadounidenses. La arrogancia de Trump acelera el cambio de paradigma en el orden mundial.
No hay motivos para esta hostilidad. Si bien los aranceles contra China se entienden por la necesidad de los Estados Unidos por enfrentar una economía restrictiva y tramposa, atacar a Canadá y México es un capricho insostenible. En su discurso, el presidente Trump argumenta que las muertes por fentanilo en los Estados Unidos se deben a la falta de actuación de sus vecinos. En el caso de México, la estigmatización fue más allá: “Estos carteles [del narcotráfico] tienen una alianza con el Gobierno de México y ponen en peligro la seguridad nacional y la salud pública de Estados Unidos”, afirmó, sin pruebas, y dijo que esa alianza era “intolerable”. En respuesta, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo que rechaza “categóricamente la calumnia que hace la Casa Blanca al Gobierno de México de tener alianzas con organizaciones criminales”.
La excusa del fentanilo es irrisoria. La crisis de los opiáceos fue causada por la ambición irresponsable de las farmacéuticas estadounidenses, que saturaron su mercado sin pensar en las terribles consecuencias. Estados Unidos ha señalado al resto del mundo por su problema de las drogas a lo largo de la historia, pero nunca ha hecho gran cosa por controlar el consumo dentro de su territorio. Ahora, el presidente Trump utiliza esa coyuntura con otro fin: mostrar que Estados Unidos vino a jugar sucio y aplastar a quien no quiera bajar la cabeza.
El problema es que esto genera sufrimientos tangibles. El 80 % de las exportaciones de México van a Estados Unidos; la economía de Canadá está en riesgo de recesión mientras su primer ministro, Justin Trudeau, va de salida. A corto plazo, subirán los precios; a mediano plazo, se cortarán lazos comerciales, culturales y sociales construidos durante décadas. Si en efecto se establecen aranceles contra la Unión Europea, Estados Unidos estará en una guerra comercial contra sus aliados históricos y contra el frágil orden que busca proteger las democracias liberales.
En su discurso, el primer ministro Trudeau muestra el dolor que esto produce. Recordando las guerras que soldados canadienses y estadounidenses han dado juntos, dijo: “De las playas de Normandía a las montañas de la península coreana, de los campos de Flandes a las calles de Kandahar, hemos peleado y muerto a su lado durante sus horas más oscuras”. Nada de eso importa ya. El mundo entero está en una nueva hora oscura liderada por la Presidencia de Donald Trump.
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