Uno de los fenómenos más extraños que surgieron con la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, en lo concerniente a Colombia, es ver cómo varios líderes políticos nacionales expresan admiración por él y por sus tácticas electorales. Por eso, la decisión más reciente del mandatario sobre los militares transgénero puede tener repercusiones perversas en la campaña electoral colombiana que apenas empieza.
A través de un par de tuits que sorprendieron incluso a los altos mandos militares estadounidenses en el Pentágono, Trump anunció que se prohibiría la participación de personas trans en el Ejército de su país. Según el presidente, las Fuerzas Armadas no pueden costear “los tremendos gastos médicos y el trastorno” que, supuestamente, generan los militares trans. El hecho fue tan improvisado que luego el Ejército tuvo que publicar un comunicado diciendo que los tuits no se cuentan como órdenes ejecutivas y que no harán ningún cambio hasta que la Casa Blanca emita un documento vinculante. A eso ha llegado la creación de políticas públicas en el país más poderoso del mundo.
La medida de Trump es un acto discriminatorio ruin, cruel y, sobre todo, injustificado. Como varios medios estadounidenses demostraron, el Ejército con el presupuesto más grande del mundo gasta anualmente US$8,4 millones en tratamientos médicos para sus militares transgénero. Para poner esa cifra en perspectiva, eso es lo que gasta la Casa Blanca manteniendo la seguridad de la primera dama durante 17 días en su estadía continua en Nueva York.
Lo del “trastorno”, no sobra decirlo, es una amenaza inventada por Trump. Las personas trans llevan años sirviendo en el Ejército estadounidense sin problemas distintos a los típicos de los militares de ese país. Por cierto, el Departamento de Defensa es el principal empleador de personas trans en Estados Unidos, con más de 15.000 militares contratados. A ellos es a los que el presidente quiere purgar.
Pero, más allá de entrar a juzgar las motivaciones de Trump, esta es una táctica electoral que ya hemos visto en Colombia: canalizar (y ayudar a normalizar) el odio a las minorías discriminadas para cohesionar al electorado y motivarlo a votar sin tener en cuenta otras consideraciones. Lo angustiante es que funciona.
La democracia sufre cuando sus ciudadanos permiten que se utilice a un fragmento de la población como carnada para los prejuicios de las supuestas mayorías. Además, el debate electoral se ve afectado. En Estados Unidos, por seguir con el ejemplo, la transfobia de Trump distrae de las discusiones profundas que están ocurriendo sobre cómo reformar el sistema sanitario, el código de impuestos y cómo reaccionar a la indudable intervención de Rusia en sus elecciones. El coro de personas que se dejan llevar por los prejuicios aplaude la discriminación, sin percatarse de que la ausencia de deliberación y la entrega al odio a la diversidad van en detrimento del país entero.
La retórica colombiana seguirá volviéndose trumpiana. Los múltiples candidatos que buscan apelar al voto religioso seguirán explotando el fantasma de la “amenaza LGBT” para no tener que entrar en discusiones de fondo sobre el futuro de Colombia.
Ante eso, lo único que puede hacerse es ser contundente en el apoyo a la igualdad, a la apuesta por una Colombia que se sienta orgullosa de su diversidad, y criticar a quienes quieren triunfar jugando a la política cruel que prefiere hacerles matoneo a unos pocos, incluso llegando a negar su existencia, que batirse en unas elecciones respetuosas de la diferencia. Hay que empezar desde ya: son muchos los que admiran la manera ruin de gobernar de Donald Trump.
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