La inspiración trumpiana del Eln

El Eln debe saber que la paciencia del país se agotó. ¿Qué más necesita para avanzar con los colombianos hacia el fin a la barbarie?.

La ridiculez del Eln es similar a la del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su “botón nuclear”. Los actos terroristas perpetrados ayer por la guerrilla, supuestamente sentada a dialogar la paz en Quito, Ecuador, son un gesto de arrogancia, vileza y, al estilo trumpiano, una demostración vacía y risible de poder.

Fueron cuatro los ataques registrados en el país por el Eln. Uno en cercanías de Cupiagua en Aguazul, Casanare, contra un oleoducto de Ecopetrol; otro en Benadía, en Arauca; otro en la vereda Cañaguata, municipio de Cubará, en Boyacá, y el lanzamiento de una granada contra infantes de Marina en la vía que conduce de Arauquita a Saravena. Todos, por cierto, sin que hubiesen pasado ni siquiera 24 horas desde que se venció el cese del fuego bilateral que con tanto bombo la guerrilla pactó con el Gobierno a finales del año pasado.

¿Qué buscaban demostrar? ¿Que todavía pueden hacer daño? Ya lo sabíamos. Por eso, ni más ni menos, es que hay un esfuerzo enorme por darle fin a un conflicto irracional. ¿Que son arrogantes? Colombia lo tiene muy claro. ¿Que están solos y desesperados por mostrarse relevantes? Nada nuevo bajo el sol.

El Eln no ha sabido leer el momento histórico. En un comunicado publicado después de los atentados, la guerrilla dijo que “los incidentes sucedidos el día de hoy en el oriente colombiano ocurren en medio de la compleja situación de conflicto que sufre el país; pero, pese a ellos, no debe alterarse el curso de las conversaciones, para lograr una salida política del conflicto”.

¿En qué mundo viven? ¿Esperan, en realidad, que alguien les compre el discurso?

Desmenucemos la situación en la que está el Eln. Un gobierno que tiene en sus hombros un Premio Nobel de Paz por haber terminado el conflicto con las Farc les ha ofrecido todas las oportunidades para que sigan los pasos de esa guerrilla. Ecuador, además, es un garante incondicional que le proporciona confianza a la guerrilla. Pese a todo el desgaste de la administración de Juan Manuel Santos, el compromiso ha sido por apostarle a un acuerdo; prueba de eso es el excelente equipo negociador que envió a Quito. Finalmente, las Fuerzas Armadas han respetado el cese al fuego. ¿Qué más necesita la guerrilla para avanzar de la mano con los colombianos en el fin a la barbarie?

Ahora, la situación es crítica. El presidente llamó a su equipo negociador a consultas en Bogotá para decidir qué hacer. Mientras tanto, el Eln, sin perder oportunidad para demostrar su terquedad, dice que si no hay una solución pronta, se levantarán de la mesa. Insistimos en el símil: ¿es Donald Trump su nuevo mentor y estratega de guerra? ¿La política del matoneo irreflexivo es su nueva bandera?

Es difícil, en este panorama, tomar una decisión que no sea el rompimiento de los diálogos. Los colombianos tienen justas razones para desconfiar de la voluntad de paz del Eln, y el Gobierno está cansado y débil ante la opinión. Sin embargo, creemos que es necesario seguirle apostando a la paz. Como hemos aprendido a las malas en la historia reciente del país, la arrogancia es una característica ineludible en este tipo de procesos.

Dicho eso, el Eln debe saber que la paciencia del país se agotó. Si lo que quieren, en realidad, es seguir en guerra, temiendo por su vida, siendo perseguidos por la Fuerza Pública y ganándose el odio de nuevas generaciones de colombianos, tienen que ser claros. De lo contrario, necesitamos gestos genuinos de paz.

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