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La nueva máscara de Donald Trump

Por primera vez como presidente, Donald Trump se dirigió a las dos cámaras del Congreso estadounidense para, como lo repitió hasta el cansancio la Casa Blanca, “reiniciar” las relaciones de un país profundamente dividido, no en menor medida por culpa de la retórica del magnate y sus colaboradores. Sorpresivamente, el discurso fue prudente, sin la rabia que lo ha caracterizado (aunque sí con la mandíbula levantada y apretada, ineludible símbolo de arrogancia) y buscó convencer a sus opositores de que es posible encontrar puntos en común. Sin embargo, resulta poco creíble y luce más como una máscara más que busca ocultar la preocupante política verdadera que perseguirá su administración.

El Espectador

01 de marzo de 2017 - 09:00 p. m.
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En síntesis, el discurso puede decirse que fue excelente en la forma, comportándose como uno esperaría que lo hiciera un presidente con tanto poder, pero en el fondo se trató de las mismas propuestas plagadas de prejuicios y que no sólo afectarán a Estados Unidos sino al mundo entero.

Tal vez en la frase más diciente de la disonancia cognitiva de la Casa Blanca trumpiana, el presidente sentenció que “terminó el momento de las peleas triviales”. Sí, el mismo personaje que utiliza su cuenta de Twitter para burlarse de los ratings de los programas que lo parodian y de las actrices que lo atacan, ahora invita a dejar atrás la banalidad. Sin comentarios.

Si se analiza lo dicho por Trump, sigue siendo el mismo discurso encaminado a fomentar los miedos de la clase media trabajadora, que siempre votaba demócrata, pero que en las elecciones lo prefirió a él sobre Hillary Clinton, a quien identificaron con las mismas políticas económicas que han causado la desigualdad. El presidente sigue encaminado a cumplir sus propuestas de campaña, pero el problema es que hay múltiples motivos para creer que eso es una muy mala noticia.

Por ejemplo, al insistir que él no es el presidente del mundo, sino de Estados Unidos, envía el mismo mensaje aislacionista que busca cerrar fronteras, no sólo con su muro (que volvió a mencionar) con México, sino a nivel económico. Ese discurso proteccionista es bien recibido por Wall Street (vaya paradoja que ellos sean los más emocionados con este autoproclamado defensor de la clase media) y por los votantes de Trump, pero está lleno de incoherencias.

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Su promesa de no gastar dinero en guerras en Oriente Medio, sino invertir dentro de Estados Unidos, contrasta con los US$54 billones que pidió para aumentar el presupuesto de defensa. La visión del país del norte que tiene el presidente es de uno acuartelado, armado hasta los dientes, sin mayor énfasis en diplomacia y sin inversiones sociales internacionales. Esa no es la forma de atacar la desigualdad económica ni de garantizar la seguridad.

El problema con la falta de apoyo internacional es que eso, en vez de reducir el problema de las migraciones, lo aumenta: si no hay un compromiso mundial por ayudar a solucionar los problemas de los países que están expulsando a personas, la tragedia seguirá en las cifras que estamos viendo actualmente, e incluso empeorará.

Entonces, hay que tener cuidado ahora que la Casa Blanca está estrenando una nueva máscara. Ante unos demócratas sin liderazgo, lo único que ha funcionado es la presión social, que tiene a Trump en un 56 % de desfavorabilidad, una cifra negativa histórica para un presidente en sus primeros días de gobierno. Eso tiene que continuar, pues lo único que hay para celebrar de esta máscara del pasado martes es que en la Casa Blanca se están sintiendo sus efectos.

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