La paz y la mezquindad del Eln

No matar a alguien no es tan complicado; no requiere de mucha reflexión. Sólo implica no apretar el gatillo. Tampoco lo es entender que, en medio de un proceso de paz, no hay motivos para "retener" (perverso eufemismo que disfraza los secuestros y la vulneración de los derechos fundamentales de los colombianos) a nadie. / Archivo particular y Pixabay

¿Cómo es posible que la guerrilla del Eln sea incapaz de garantizar el cese de hostilidades? Y, más aún, ¿cómo se atreve a expedir un comunicado de prensa “explicando” un homicidio en términos mezquinos? ¿Será incapaz de entender la fragilidad del proceso, los tiempos tan difíciles que enfrenta el país, la desconfianza y el resentimiento que le tienen los colombianos? ¿Cómo puede responder el Gobierno, comprometido con llegar a un acuerdo, pero constantemente decepcionado y traicionado por una contraparte arrogante, torpe y cruel?

Aulio Isarama Forastero, gobernador indígena del Resguardo Catru, Dubaza, Ancoso, del municipio de Alto Baudó en el Chocó, y perteneciente al pueblo embera dóbida, fue asesinado por hombres que portaban armas de fuego y que lo estaban secuestrando. Jhon Eriberto Isarama Forastero, hermano del gobernador, se encuentra secuestrado desde el pasado 7 de octubre. La responsabilidad de ambos hechos recae sobre el Eln.

Además, esta semana la Mesa de Diálogo y Concertación de los Pueblos Indígenas del Chocó, protestando por el asesinato del gobernador, denunció que cerca de 400 indígenas han sido desplazados por la guerrilla. En el comunicado alertan de “que esta cifra va en aumento, porque continúan llegando emberas de las comunidades Cañandó, Jangadó, Corodó, Doparé, Soquerré, Piedra Mula, Andeudó, Punto Viejo y Pueblo Nuevo; este hecho genera que la comunidad de Catrú esté en confinamiento y hacinamiento”.

Todo esto ocurre, no puede olvidarse, en medio del cese del fuego bilateral y de hostilidades acordado entre el Gobierno y el Eln en la mesa de conversaciones que se lleva a cabo en Quito (Ecuador). Lo más frustrante es que la guerrilla reconoció su responsabilidad, pero con explicaciones ridículas y dolorosas que hablan de lo irracional del conflicto armado.

En un comunicado, en efecto, el Eln admitió que el homicidio fue realizado por la dirección del Frente de Guerra Occidental Omar Gómez (FGOc-OG), máximo organismo de conducción de las estructuras de esa guerrilla que operan en Chocó. Al gobernador lo habían retenido, dice el comunicado, por sospecha de ser un informante de las autoridades y por informes que señalaban que tenía vínculos con la inteligencia del Ejército. Aunque no había orden de disparar, Isarama “se niega a caminar y se abalanza sobre uno de nuestros guerrilleros, con el trágico desenlace conocido”, escriben. Un descaro.

Después afirman que “reiteramos nuestra palabra para plantear la verdad frente a lo ocurrido, reconocer el error cometido y dar la cara para aclarar lo necesario”, por lo que se comprometen a poner en marcha “un ejercicio de reflexión a todos los niveles internos para que hechos como este no se vuelvan a repetir”.

Difícil creerles. No matar a alguien no es tan complicado; no requiere de mucha reflexión. Sólo implica no apretar el gatillo. Tampoco lo es entender que, en medio de un proceso de paz, no hay motivos para “retener” (perverso eufemismo que disfraza los secuestros y la vulneración de los derechos fundamentales de los colombianos) a nadie. El gobernador no tenía por qué responderles sus preguntas, ni mucho menos aceptar irse con ellos. Nada de esto debió ocurrir. No hay ninguna explicación ni justificación posible.

Lo dijo el jefe negociador del Gobierno, Juan Camilo Restrepo: “El Eln reconoce asesinato del gobernador indígena del Chocó. Deplorable desde todo punto de vista. Y decepcionante”. No hay mucho más que agregar.

Haría bien la guerrilla en ver el ejemplo de sus víctimas. Los indígenas convocaron a una minga, pero no sólo para protestar contra la violencia, sino para respaldar la paz, los acuerdos con las Farc y el proceso con el Eln. Ellos la tienen clara: no hay motivos para más muertes insensatas, ya el país está cansado de ver tanta sangre y mezquindad.

Por eso es de celebrar la prudencia y paciencia del equipo del Gobierno. Sigue valiendo la pena apostarle a la paz. Ojalá el Eln lo comprenda y deje de hacerles daño a los colombianos.

 

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a [email protected].