En un par de días, el presidente de la República, Gustavo Petro, nos ofreció una avalancha de publicaciones en X donde mostró su peor versión como líder político. Estigmatizó a columnistas que lo critican, a medios de comunicación que lo vigilan, a sus opositores políticos y hasta a un influenciador. Además de seguir interviniendo sin vergüenza alguna en política, el mandatario nos deja un terrible legado de degradación del debate público, en el cual los adjetivos descalificativos vuelan con ligereza y cualquiera que no piense como él y sus adláteres hace parte de una conspiración equiparable a quienes cometieron crímenes de guerra. Tal vez igual de problemático es ver la cantidad de personas que aplauden sus aspavientos. Destruir la reputación del contrincante es fomentar la violencia retórica.
El presidente Petro no quiso, en estos cuatro años de mandato, reflexionar sobre la manera en que elige referirse a sus oponentes. A pesar de los múltiples pedidos de la sociedad civil por moderar el discurso, el mandatario leyó esas críticas como un ataque a su libertad de expresión. Sabemos que este editorial será recibido de la misma manera por él y por su círculo cercano. Sin embargo, es importante hacer la precisión: nadie le está pidiendo al mandatario que silencie sus opiniones o que deje de contarle al país su parecer. El problema es cuando, al hacerlo, siembra más división y odio en contra de quienes piensan diferente. Hay maneras de llevar los desacuerdos. El presidente Petro ha dado una clase maestra en cómo no hacerlo.
Tomemos como ejemplo paradigmático la reacción a una columna de opinión de El Espectador. En respuesta al texto del periodista Felipe Zuleta Lleras, el mandatario escribió “Heil, Hitler”, que significa “salve, Hitler”. Al cierre de esta edición, más de 112.000 cuentas le han dado “me gusta” a esa respuesta del presidente. En otro comentario también contra Zuleta Lleras, el mandatario se mete directamente con su vida privada y luego lanza una frase lapidaria: “Temblará cuando persigan homosexuales en las calles y se llenen las cárceles de inocentes...”. No estamos abogando en favor de la columna en cuestión. Por supuesto el presidente y sus seguidores pueden criticarla. El punto es que comparar un texto periodístico con una apología en favor del nazismo genocida es una irresponsabilidad peligrosa. En este país tan violento, señalar a un crítico de ser nazi es ubicarlo como objetivo.
Otro ejemplo muestra los efectos de ese tipo de intervención. Al referirse al defensa de la Selección Colombia, Yerry Mina, compartió una foto donde lo tildó de tener “nostalgias de hidalgos esclavistas”. Lo hizo para atacar al expresidente Álvaro Uribe, quien salía en la fotografía. Sin embargo, lo que causó fue que los comentarios de las redes sociales de Mina se llenaran de insultos racistas en masa. Las palabras tienen consecuencias.
Podríamos seguir. El mandatario habló de “bogotanos drogadependientes de las EPS” y de que “quien pavimentó el camino al fascismo, no fue el presidente, sino la prensa llena de odio clasista”. Todos los ejemplos apuntan a lo mismo: un líder que quiere destruir la reputación de sus oponentes, que olvida su deber de representar a todos los colombianos y que tampoco parece recordar los efectos perversos que tuvo en la misma izquierda el hecho de que otros políticos los estigmatizaran con ligereza. ¿No se puede dar el debate público con responsabilidad? ¿No podemos ser vehementes en nuestras diferencias sin anular la humanidad del otro? Y para los candidatos en campaña, ¿cometerán el mismo error cuando lleguen a la Casa de Nariño?
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