La reflexión ética que ha planteado el Marymount

¿Por qué nos cuesta tanto, en Colombia, unirnos alrededor de estas valientes manifestaciones que se oponen al fraude y a los malos comportamientos?

El fraude tiene consecuencias. Esa es una de las reflexiones que los estudiantes del colegio Marymount, de Barranquilla, y sus padres deben estar haciendo en medio de un escándalo que se desató hace unos días por la decisión de cancelar las ceremonias de grado que iban a realizarse este viernes.

En febrero, las directivas del Marymount recibieron una comunicación de la compañía Asesorías Académicas Milton Ochoa, encargada de realizar los simulacros de las pruebas de Estado (Pre-Icfes) para los alumnos de grado 11 de ese colegio. En ella, la empresa decía que había cancelado el contrato de un profesor que le había vendido a una estudiante de ese colegio una de las pruebas que se iban a realizar. “La venta de dichas pruebas generó que los resultados de los estudiantes que las adquirieron se acrecentaran, logrando con esto beneficios académicos”, concluía la misiva.

Después de una reunión del Consejo Superior del Marymount, se tomó la decisión, que por cierto nos parece acertada, de buscar un escenario para invitar a la reflexión de los futuros graduados. Como los estudiantes nunca dijeron quién fue el responsable de la compra de la prueba, el Marymount decidió modificar las condiciones de la ceremonia de grado, cancelando el evento y graduando a todos los estudiantes por ventanilla.

En total fueron 61 estudiantes los afectados por la modificación del grado, dentro de los cuales, la gran mayoría probablemente no se benefició del fraude. Sin embargo, como ejercicio pedagógico nos parece importante el gesto de afectarlos a todos. Primero, porque en efecto cualquier violación a la ética afecta a la sociedad como un todo y hay que crear espacios para hacer evidente ese daño. Segundo, porque la complicidad al proteger a quien compró la prueba es un antecedente preocupante. ¿Así se comportarán cuando ocupen posiciones de poder en la sociedad colombiana?

Lo dijo Alberto Martínez en su columna de El Heraldo: “El caso configuró una falta a la ética, en tanto hubo una decisión voluntaria y consciente de robar y engañar, y tipificó una conducta inmoral que apuntaba a desplegar como aceptables el dolo y la trampa”.

Sorpresivamente, un grupo de padres de los graduandos interpuso una tutela para obligar al colegio a celebrar la ceremonia. Aún más sorpresivo, un juez de la República dictó medidas cautelares, dándoles la razón a los accionantes. Sin embargo, el colegio mantuvo su posición.

En un comunicado, el Marymount dijo que “algunos estudiantes y progenitores tomaron el asunto como estandarte para retar, vía tutela, una decisión que no transgrede ningún derecho de orden constitucional”. Tienen razón: no es obligatorio hacer ceremonias de grado. Además, el colegio agregó que “la Ley General de Educación nos obliga no solo a la formación académica, sino a la formación integral de nuestros estudiantes, la cual conlleva la ética y la moral como parte fundamental del proceso y sin las cuales estaríamos abocados a una sociedad caótica y sin ningún norte o freno social”.

¿Por qué nos cuesta tanto, en Colombia, unirnos alrededor de estas valientes manifestaciones que se oponen al fraude y a los malos comportamientos? Si no podemos fomentar reflexiones éticas desde los colegios, ¿cómo pretendemos que desaparezca la corrupción?

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