14 Mar 2021 - 3:00 a. m.

La violencia también se ejerce con el lenguaje

El Espectador

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Si el Estado colombiano piensa sobre la guerra lo mismo que el ministro de Defensa, Diego Molano, significa que estas décadas de tanto dolor han sido en vano. Más allá del debate jurídico sobre si bombardear campamentos de bandas criminales donde hay menores de edad es legítimo bajo las reglas de la guerra, lo angustiante es que un funcionario de tan alto nivel demuestre tal grado de insensibilidad ante la vida humana. Las palabras empleadas por Molano muestran una concepción cruel, maniquea, facilista y francamente angustiante de la realidad colombiana. ¿Cómo no sentir vergüenza cuando se utilizan las mismas tácticas de los regímenes autoritarios para deshumanizar al enemigo?

En caliente, Molano dejó en evidencia su desdén. Hablando en Blu Radio sobre la posible muerte de adolescentes en un bombardeo del Ejército, el ministro dijo: “Están haciendo una afirmación de que había 12 niños. Lo que teníamos eran máquinas de guerra que estaban planeando acciones terroristas. Aquí lo que tenemos son niños que hacen parte de una estructura de guerra, capaz de cometer atentados”. Después, en medio del apenas lógico mar de críticas, el funcionario se mostró sin deseos de reflexionar. Dijo que la operación del Ejército era legítima y recordó cómo el Estado no puede responder por quienes son reclutados y usados en actos “terroristas”. Además, quiso justificarse con ejemplos de conocidos líderes guerrilleros que entraron a la guerra cuando eran menores de edad. A veces es mejor no tratar de explicar lo injustificable.

Al tildar a alguien de “máquina de guerra”, Molano está cometiendo un acto de violencia simbólica a través del lenguaje. El “otro” desaparece, pierde su humanidad, se le arrebata cualquier atisbo de dignidad y se reduce a algo sin sentimientos, sin agencia, sin derechos, cuyo único propósito en la vida es cometer delitos. Esa destrucción del enemigo en el debate público es un truco utilizado a lo largo de la historia de la humanidad para no tener que responder por los abusos. Como ese “otro” es una máquina, ¿para qué molestarnos en preocuparnos por su vida?

El problema es que la realidad es mucho más compleja. El maniqueísmo de Molano oculta, por ejemplo, los factores socioeconómicos que permiten el reclutamiento forzado de niños, niñas y adolescentes. La ausencia del Estado que representa el ministro hace que las bandas criminales puedan secuestrarlos desde temprana edad y obligarlos a estar en sus filas. ¿En qué momento, exactamente, se convierten en “máquinas”? ¿Cuándo dejan de ser colombianos con derechos a los que el Estado tiene la obligación de proteger?

El contraste empeora cuando se estudia el perfil de Danna Liseth Montilla Marmolejo, la adolescente de 16 años que murió en el bombardeo. El ministro Molano dijo que entre los bombardeados no había “nadie aprendiendo para el Icfes”. El viernes, Caracol Radio publicó unos mensajes de texto de Montilla donde le dice a su maestro que quisiera matricularse y terminar sus estudios. “Pues, profe, le voy a echar las ganas para terminar a distancia”, le dice, argumentando que no iba a poder terminar el curso de forma presencial incluso después de la cuarentena. Ahora sabemos que es porque había sido reclutada de manera forzosa.

Ese es el problema de la actitud arrogante y agresiva del ministro de Defensa: la guerra es mucho más compleja que su mundo en blanco y negro. Esto ya lo sabíamos. Lo hemos aprendido después de décadas de conflicto y desigualdad. Por eso lo que esperamos de nuestra Fuerza Pública y de las autoridades civiles es que no se dejen insensibilizar por la difícil labor que llevan a cabo, que todo lo hagan desde la necesaria empatía por un país en guerra. Lastimosamente, el mensaje desde la Casa de Nariño prefiere quedarse en una cruel inmadurez.

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