Las buenas y blandas intenciones del Vaticano

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El Vaticano lo está intentando. Eso hay que reconocerlo y celebrarlo. La convocación a una cumbre sin precedentes en la Santa Sede para escuchar a víctimas de abusos sexuales cometidos por sacerdotes es un gesto simbólico que rompe con décadas de silencios cómplices. El papa Francisco está librando una guerra en dos ámbitos muy complejos: el discursivo, lo que le ha generado críticas dentro de la misma Iglesia católica, especialmente en las corrientes más conservadoras, y el práctico, con la creación de herramientas para estudiar las denuncias. Han calado las protestas y la indignación pública, que tuvo un punto cumbre cuando el pontífice visitó Chile hace poco más de un año y los ciudadanos no quisieron salir a recibirlo por la falta de acción de la Iglesia en casos terribles ocurridos en ese país.

Aun así no es suficiente. Ni siquiera estamos cerca de llegar a un paquete de acciones que puedan considerarse suficientes para enfrentar el problema.

Lo que ocurre es que el Vaticano está lidiando con expectativas muy bajas. Como jamás había sido capaz de reconocer abiertamente que tenía un problema y que su poder a lo largo y ancho del planeta se ha empleado como herramienta para silenciar víctimas y minimizar los casos de pedofilia, el cambio en el discurso desde la Santa Sede se siente como un cambio de magnitudes monumentales. El problema es que llega demasiado tarde y, tal vez incluso peor, sin la fuerza necesaria.

Sí, el pontificado de Francisco ha hecho más en menos tiempo que lo que hicieron Juan Pablo II o Benedicto XVI en su momento. En el 2013 creó una comisión papal para la protección de menores, con la novedosa medida de incluir expertos del mundo secular como consultores. Luego, en el 2016, pidió la renuncia de los obispos que escondieran casos de violencia sexual. El año pasado, les pidió la renuncia a los 34 obispos chilenos por los malos manejos de los casos de pederastia en ese país.

Este año, en el gesto de mea culpa más valioso ante la crisis, citó durante tres días a todos los presidentes de las conferencias episcopales y un grupo de 200 víctimas de abuso sexual. En las conferencias se habló de encubrimientos, de ausencia de mecanismos de denuncia, de un secretismo que pone primero a la institución de la Iglesia que a las víctimas, y se anunciaron algunas medidas, como la publicación de una directriz para la protección de menores en la ciudad del Vaticano. Sin embargo, en su discurso final también habló de cómo no se pueden dejar llevar por los clamores que piden justicia a como dé lugar, que la Iglesia debe actuar con prudencia.

Aunque, en el papel, ese último llamado suena razonable, muchas víctimas lo leyeron como complacencia. Después de años y años de dudar de las denuncias, ¿la Santa Sede va a continuar con su timidez en la imposición de sanciones?

Durante la cumbre, una asociación de víctimas presentó 21 medidas precisas que puede adoptar el Vaticano. Por ahora, estamos lejos de esa realidad.

A los dos días de finalizada la cumbre, un jurado encontró culpable al cardenal George Pell de haber abusado de dos niños de 13 años cuando fue arzobispo de Australia. Pell, quien fue hasta hace unas semanas tesorero del Vaticano, era reconocido como el tercer hombre más poderoso de ese Estado. Durante el juicio, su abogado argumentó que el juez debería adoptar una sentencia leve porque lo ocurrido “fue sexo suave con una penetración en la que no participó activamente el menor”.

El abogado se disculpó y aclaró que solo hablaba hipotéticamente. Pell presentará una apelación insistiendo en su inocencia. Su caso, como tantos otros, demuestra la urgencia de un problema que parece superar las capacidades de reacción del Vaticano.

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