Las firmas y los caudillos

Los líderes políticos de Colombia parecen haber escogido el caudillismo por encima de construir proyectos de país ambiciosos y claros desde los partidos políticos. Bajo múltiples excusas, estamos viendo el éxodo de los nombres más representativos de los partidos hacia las firmas. Aunque sea efectivo a sus cálculos electorales, el país pierde con un debate fragmentado, sin referentes claros y que no vaya más allá de ciertos apellidos que se proponen como salvadores de la patria.

Sí, los partidos políticos del país llevan demasiados años siendo cómplices del clientelismo. También es verdad que sus propuestas ideológicas se han visto vaciadas de contenido. Hoy, la mayoría de los partidos con representación en el Congreso, los más viejos y los nuevos, carecen de estructuras fuertes que promuevan discusiones profundas sobre el rumbo del país. El caudillismo regional y nacional ha convertido a las colectividades en espacios transaccionales de maquinarias. Por eso, su credibilidad está por el piso y no parece mejorar de cara a las elecciones del año entrante.

Sin embargo, la solución no es favorecer el caudillismo que se autoproclama “independiente”, menos aún cuando viene de apellidos que han estado en el corazón de los partidos y que tienen todas las capacidades de liderar discusiones ideológicas en su seno. La apuesta que estas personas deberían estar haciendo es la de cambiar sus partidos desde adentro; dar la lucha siempre teniendo presente que el país se beneficia cuando las instituciones son robustas y significan algo más que asociaciones con intereses particulares.

Gran parte del problema en la cultura política actual viene de la concepción de que las ideas no valen nada frente a la conveniencia particular. Justo ayer discutimos en este espacio las consecuencias de que los partidos políticos entreguen avales sin tener en cuenta a quién se lo están dando. El resultado es que en las regiones las personas salen a votar por los ñoños (que los hay a lo largo y ancho del territorio nacional) que ofrecen inversiones cortoplacistas, pero que poco aportan en cuanto a cuáles deben ser los valores y los proyectos ambiciosos que construyan la Colombia del futuro.

Los partidos políticos, en su mejor faceta, son espacios de creación de comunidad y de cultura electoral; instituciones que atraen a personas que piensan de forma similar y quieren sentarse a debatir sus ideas. Cuando hay una identidad clara, los representantes del partido en todos los niveles intervienen a partir de principios claros y, sobre todo, que vayan más allá de las personas. Se discute la ideología, no las personas.

El país necesita partidos así, pero nunca va a lograr tenerlos si sus líderes botan toda la estructura por la borda cuando sienten que les va a entorpecer su llegada a la Presidencia. Marta Lucía Ramírez, uno de los pilares del Partido Conservador, renunció a él en vez de buscar reformarlo; Humberto de la Calle amenaza con irse por firmas para evitar que “descuarticen” al liberalismo, como si eso no fuese hacer lo mismo.

Seguramente tendremos un presidente que llegue al Palacio gracias a las firmas. Y una vez allí, o incluso antes, habrá pactado con varios partidos para garantizar su gobernabilidad. Pero entonces la democracia se reduce a eso: cálculos y transacciones alrededor del apellido de turno. Luego, cuando una fuerza populista se monte gracias a esa dinámica, se rasgarán las vestiduras sobre lo fácil que es subvertir la institucionalidad. Pero cómo quieren que eso no ocurra si todos se esfuerzan en debilitarla.

Tendremos una campaña llena de apellidos, lo que será efectivo para ellos, pero dañino para la construcción de cultura política en Colombia.

 

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