Las lecciones de Corinto

Dentro de todos los posibles desenlaces en esa situación, los soldados mantuvieron la compostura y su único acto de respuesta no puso en riesgo la vida de los protestantes. / Archivo particular

Del debate que se armó en el país por el video de los enfrentamientos entre un grupo de indígenas y el Ejército en la zona rural de Corinto (Cauca) quedan dos lecciones. Primero, que la Fuerza Pública merece todo el respeto de la comunidad y que es de celebrar su actuar en momentos tan tensionantes. Segundo, que quienes argumentan que lo racional en esa situación era una solución violenta no han entendido nada de las últimas décadas de historia nacional.

En el video, que se volvió viral en redes sociales, se ve a un grupo de campesinos agrediendo a miembros del Ejército. Uno de ellos llega a poner su machete en el cuello a un soldado, quien se aleja mientras otro dispara al piso para alejar a los manifestantes. Según la Tercera División del Ejército, “cerca de 50 indígenas invadieron unos predios pertenecientes al Ingenio Azucarero del Cauca e intentaban incinerar la maquinaria que se encontraba en el lugar”.

Por justas razones, esto desencadenó un debate nacional acompañado de rechazo e indignación. El presidente de la República, Juan Manuel Santos, dijo en su cuenta de Twitter que “ningún colombiano debe agredir o irrespetar a nuestros soldados, que sólo cumplen con el deber de proteger a los ciudadanos y sus derechos. La justicia debe operar contra los agresores”.

Estamos de acuerdo. Sin importar el motivo de las protestas de los indígenas, no hay justificación alguna para que se amenace de esa manera a la Fuerza Pública. El Ejército dijo que denunciará al agresor y esa investigación deberá prosperar para que el mensaje sea claro: a las autoridades no se les puede agredir.

Se equivocan, además, quienes juzgan al soldado que disparó al piso para responder a la situación. Algunas voces argumentan que esto se trató de un abuso de poder, pero la lectura más acertada, nos parece, es la contraria.

Dentro de todos los posibles desenlaces en esa situación, los soldados mantuvieron la compostura y su único acto de respuesta no puso en riesgo la vida de los protestantes y sí sirvió para alejarlos. Además, el gesto del agresor no fue menor: el machete al cuello era una amenaza más que tangible. Aplaudimos a los miembros de la Fuerza Pública por su reacción.

Lo que nos lleva al otro lado del argumento, quienes consideraron que los militares debieron ser más violentos en contra de los manifestantes. Según esa posición, los indígenas eran criminales y eso justificaba el uso de la violencia como respuesta. Si bien es cierto que el actuar contra el soldado fue reprochable y peligroso, responder a eso con más violencia no sólo va en contravía de la labor de las Fuerzas Armadas, sino que es seguir atizando el fuego del odio en el país.

Los manifestantes, aunque equivocados en sus formas, tienen reclamos que deben entenderse, sobre desigualdad e incumplimiento de las promesas del Gobierno. La solución histórica en Colombia ha sido tratar el disenso como un delito y contestar con fuego. Es hora de que reaccionemos como lo hicieron nuestros militares esta vez, con mesura, para así poder sentarnos a hablar y encontrar soluciones que beneficien al país entero.

 

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