Grindr, una de las aplicaciones de encuentros más populares entre hombres gais y bisexuales, utiliza datos personales para entrenar su propia inteligencia artificial (IA), llamada gAI. Esta IA soporta a su vez el servicio prémium llamado Edge, que la aplicación apenas está probando en Canadá, Australia, Nueva Zelanda y algunas ciudades de Estados Unidos y llega a costar hasta 500 dólares al mes. Así lo informó esta semana el periodista de investigación Ronan Farrow. El hallazgo plantea una pregunta que debería interpelar a Colombia, más aún cuando el Congreso tiene sobre la mesa varios proyectos de ley para regular la IA: ¿hasta dónde pueden llegar las compañías tecnológicas con la información que les confiamos?
Grindr recopila datos que los usuarios entregan al crear sus perfiles como edad, nombre, ubicación, estatus de VIH, fotos –que pueden incluir desnudos– e información sobre sus preferencias e interacciones. A su vez, la tecnología gAI determina cuáles chats fueron “más significativos” según su contenido, longitud y la velocidad del usuario para responder. De manera discreta, la compañía se dio permiso a sí misma de llevar a cabo esta práctica y activó la función de IA por defecto. Aún cuando el usuario puede desactivarla, esto no revierte los usos anteriores dados a sus información personal.
Grindr transformó decididamente las relaciones homosexuales. Ha sido una plataforma útil para que muchas personas sexualmente diversas construyan una comunidad con la que de otro difícilmente encontrarían un entorno seguro para socializar. Pero no es que la aplicación sea muy segura… es común encontrar en redes sociales quejas sobre cómo la experiencia de usuario ha venido en acentuado deterioro y cómo la aplicación cobra cantidades altas por funciones que inicialmente eran gratuitas. El aumento de esas quejas viene desde 2022 y coincide con el momento en que la compañía comenzó a cotizar en la bolsa de valores. Ya en varias ocasiones, tribunales europeos han sancionado a la empresa por vender a anunciantes la información personal de sus usuarios. Es decir, Grindr hizo negocio comerciando datos personales sensibles. Esta información, además, puede facilitar la identificación, el chantaje o la persecución, especialmente en países donde las relaciones entre personas del mismo sexo están criminalizadas.
¿Por qué importa este caso en Colombia? Lo que ocurre con Grindr es un ejemplo extremo de qué pasa cuando –tal como ha promovido el Gobierno de Donald Trump en Estados Unidos– se da a las empresas libertad plena de autorregularse, sin control estatal. Nuestro país apenas está debatiendo las primeras regulaciones sobre inteligencia artificial. En los últimos días se han introducido en el Congreso proyectos de ley de origen multipartidista sobre plataformas tecnológicas. Estos abarcan desde el uso seguro de aplicaciones de transporte hasta normatividad en el acceso de menores de edad a aplicaciones. La protección de los datos de los usuarios debe ser la base de cualquier iniciativa de este tipo. Contamos con el habeas data, un derecho consagrado en la Constitución, pero cuya reglamentación ocurrió en un momento en que no existían las tecnologías actuales.
Nuestro país se ha posicionado como un centro de innovación digital en América Latina. A quienes emprenden en este sector, les suele preocupar que las regulaciones pongan freno a la innovación, como, se argumenta, ha sucedido en la Unión Europea. Pero el dilema puede resolverse con un marco normativo que distinga niveles de riesgo entre los datos a los que acceden las empresas a través de aplicaciones, donde los prioritarios son aquellos relacionados con salud, niñez y orientación sexual. La confianza digital no puede solo depender de la buena voluntad de las empresas.
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