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Los cien días de Santos

UNA CARICATURA DEL MAESTRO Héctor Osuna, del pasado lunes, resumía los primeros cien días del gobierno de Juan Manuel Santos con una frase contundente: “La política ha sido felicitar a Uribe y hacer todo lo contrario”.

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El Espectador
13 de noviembre de 2010 - 10:00 p. m.
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Simpática, y exagerada como toda buena caricatura, la frase ofrece, sin embargo, una caracterización pertinente de la transición que se ha producido del gobierno de ocho años del ex presidente Álvaro Uribe a la nueva administración de Juan Manuel Santos durante estos 100 días que se cumplen el día de hoy.

Más allá del debate en boga sobre si se ha producido un rompimiento —que los más radicales llegan a llamar traición—, el hecho indiscutible es que el haber llegado al poder cabalgando sobre la popularidad del ex presidente Uribe no significó una simple continuación de las políticas, sino en realidad un reenfoque de las mismas y, sobre todo, la implantación de un nuevo estilo sobre la idea básica del acuerdo de unidad nacional. Santos I no fue el Uribe III que muchos vaticinaban. Y, en general, el cambio ha sido positivo.

Hablar de rompimiento resulta impropio. El buen suceso de este comienzo ha sido precisamente montar un proyecto original sobre los éxitos indudables del gobierno anterior en muchos aspectos y corrigiendo el rumbo en los que fracasaron o generaron división. Todo con visión incluyente, muy distante de la polarizadora manera de hacer política de su antecesor.

Central en este cambio ha sido la política internacional, en particular con los vecinos, que comenzó el mismo día de la posesión con la entrega al gobierno ecuatoriano de la información de los computadores de Raúl Reyes y que el 10 de agosto llegó a lo impensable, la reunión con el presidente venezolano que precedió al restablecimiento de las relaciones. Movimientos estratégicos bajo la noción de una diplomacia responsable que se basa en el respeto de las diferencias.

En seguridad, eje de la política de los últimos ocho años, es quizá donde más claro se ve el camino de continuidad con reenfoque. Las inquietudes que la “bienvenida” de las Farc alcanzó a generar, con la bomba en Bogotá y ataques selectivos en zonas del país, fueron despejadas con las operaciones ‘Sodoma’ y ‘Fortaleza II’, que golpearon el corazón de la guerrilla. Ante el enorme reto de seguridad ciudadana la concepción de una política específica para las ciudades, no subordinada a la de seguridad democrática, luce adecuada.

La agenda legislativa ha sido significativa de los nuevos énfasis, buscando atacar males de años como el despilfarro de las regalías o de la salud y tomando por los cuernos dilemas centrales de nuestro conflicto, como la reparación a las víctimas y la tenencia de las tierras, aspectos estos en los que sí se impone una visión diferente del desarrollo rural frente a lo que venía.

En asuntos de justicia, el aplazamiento de la reforma del sector, que ya toma visos de urgencia, resulta explicable en otra urgencia que no daba espera y que ha sido tramitada de manera inteligente: la distensión, por no decir restablecimiento, de las relaciones entre el Ejecutivo y la Justicia.

Muchos otros proyectos ambiciosos se podrían mencionar para explicar que la popularidad del presidente Santos esté hoy en un nivel nunca antes visto y, lo que es más diciente, que nunca antes tantos colombianos consideraran que el país va por buen camino. Cierto es que, tal vez por efecto de la reelección, habíamos olvidado que los primeros 100 días son de una natural luna de miel. Pero también lo es que llegando a reemplazar a un presidente tan popular y a quien una mayoría quisiera haber reelegido por segunda vez la historia podría haber sido diferente. El Gobierno ha comenzado con pie derecho, pero ahora inicia lo más difícil: traducir los anuncios, los proyectos y la distensión en hechos concretos. Un gobierno no se hace en los primeros 100 días, pero todos estamos a la espera de que pronto se empiecen a ver los resultados que este buen comienzo augura. Las expectativas son muy elevadas y lo único malo de eso es que las frustraciones podrían ser muy grandes. El gran reto comienza.

Por El Espectador

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