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Los mediadores y el conflicto

TRAS MÁS DE 50 AÑOS DE DIÁLOGOS espinosos y fracasados con las guerrillas colombianas, el país se volvió bastante escéptico sobre la posibilidad de una salida negociada del conflicto. El último gran intento, el despeje de la zona del Caguán, exacerbó el sentimiento.

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El Espectador
15 de agosto de 2010 - 11:00 p. m.
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Doce años después, sin embargo, y ante el palpable debilitamiento de los grupos armados, los colombianos volvieron a creer en la posibilidad de una acercamiento. Tal fue la arremetida de las Fuerzas Armadas, que pareció sensato pensar que los insurgentes podrían estar deseando desistir con la lucha. Aunque esto no es necesariamente cierto, pues la experiencia nacional e internacional ha mostrado que la debilidad militar no implica de suyo una disposición real a negociar, el cambio de escenario por lo menos permitió considerar un abanico más amplio de posibilidades.

Y en efecto, durante su posesión, el presidente Santos ratificó su disposición al diálogo e insistió en que la puerta de la negociación no estaba cerrada con llave. Declaraciones que, en medio de los nuevos vientos que trajo consigo el relevo de gobierno, aumentaron aún más las expectativas. Sin embargo, después del atentado contra Radio Caracol, se cerró el cerrojo. A pesar de no haberse establecido todavía la autoría del delito, el Presidente anunció que sin una supresión del terrorismo y una liberación de los secuestrados la llave del diálogo “se mantendrá muy bien guardadita”. De hecho, permanecerá bien guardadita para todos, pues el Presidente desautorizó la gestión paralela de cualquier mediador. “Muchas gracias, pero no”, fueron las palabras textuales del mandatario.

Bien hace el Presidente. Finalmente, sí hay que exigirles a los grupos insurgentes muestras inequívocas de buena voluntad. Después de largas décadas de conflicto, la credibilidad de los grupos guerrilleros es tanta como ninguna. Sería precipitado, por no decir irresponsable, abrir las puertas sin recelo. De la misma manera sería imprudente permitir cualquier mediación. Hay que evaluar con cuidado quién está en la mejor posición para iniciar acercamientos, con qué grupo o facción, en qué términos y sobre cuáles temas. Conflictos tan complejos como el colombiano requieren de un tacto en extremo delicado. Un acercamiento inepto o ambiguo puede volver el conflicto aún más inabordable de lo que ya es hoy.

No obstante, la necesidad de atención al detalle no elimina de ninguna manera el deber que tiene todo gobierno de contemplar siempre la posibilidad de una resolución pacífica del conflicto. Es su obligación, todas las veces, procurar por la vida de los civiles. Lo que implica, entre otras, examinar cualquier iniciativa que le permita cumplir dicho fin, incluida la mediación de terceros. En especial, porque los intermediarios pueden contribuir a esbozar la forma como los grupos se ven a sí mismos y al conflicto, influir sobre dinámicas internas y hacer posible el desarrollo de nuevas estrategias. Cuando cualquier movimiento parece imposible, un intermediario diferente puede encontrarse con oportunidades previamente inexploradas.

Por ello, y tras más de 50 años de conflicto, el compromiso con las negociaciones debería traducirse en una exploración continua de alternativas. Hay que tratar de darles razón a los más moderados dentro de los grupos armados y convencerlos de que salidas negociadas son posibles. Mantener la vía militar como única opción es fortalecer la posición de los integrantes de la “línea dura”. La solución sí es manejar una estrategia combinada. Y si bien es cierto que una mala mediación, como aseguró el Presidente, “lo único que hace es alejarnos del objetivo, alejarnos de cualquier posibilidad de diálogo frente a la paz", también es cierto que cerrarle por completo la puerta a la intervención de terceros es tan precipitado e irresponsable como abrírsela sin más.

Por El Espectador

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