Los toros, de nuevo

Contrario a la retórica incendiaria que motiva este tema, es importante que los opositores a los toros comprendan que, en esencia, este es un conflicto cultural y que para asegurar la derrota del interés por la tauromaquia es fundamental convencer a los aficionados que han sido criados viéndola como una tradición respetable.

Es necesario, por lo ocurrido el domingo a las afueras de la Santamaría, repetir lo obvio: la violencia física y verbal, el acoso a las personas que piensan diferente, no pueden ser herramientas utilizadas en una democracia. / Foto: Cristian Garavito - El Espectador

Es inútil y contraproducente para todas las partes interesadas en un debate complejo que las tensiones degeneren en actos de violencia que son a todas luces inaceptables. Nos referimos, en este caso particular, a los desmanes ocurridos con algunas personas que protestaban por el reinicio de la temporada de toros en la Plaza de la Santamaría, en Bogotá. Tanto la Corte Constitucional como el Congreso de la República deben dejar de darle largas al asunto y definir de una vez por todas cómo solucionar la inconsistencia de permitir la tauromaquia en un país que busca combatir el maltrato animal.

Es necesario, por lo ocurrido el domingo a las afueras de la Santamaría, repetir lo obvio: la violencia física y verbal, el acoso a las personas que piensan diferente, no pueden ser herramientas utilizadas en una democracia. Como suele ocurrir en las manifestaciones que tienen episodios de violencia, la gran mayoría de protestantes pacíficos terminan estigmatizados y teniendo que responder por agresiones que no cometieron. El resultado es que se pierde la oportunidad de dar la discusión de fondo, que en este caso es muy compleja.

Lo mismo aplica para las autoridades. No deben caer en saco roto las denuncias de ciertos manifestantes que se declararon agredidos por la policía, que bajo la nueva administración de la ciudad ha recuperado la costumbre de hacer presencia con innecesaria hostilidad.

Más allá de eso, y contrario a lo que ciertos políticos dijeron, la realidad es que la reapertura de la plaza de toros está obedeciendo directamente a una orden de la Corte Constitucional, que invalidó la resolución expedida por la administración de Gustavo Petro que prohibía los toros en la Santamaría. En palabras de la Corte, el Distrito debía “restituir de manera inmediata la Plaza de Toros La Santamaría como plaza de toros permanente para la realización de espectáculos taurinos y la preservación de la cultura taurina (...) mediante la adopción de mecanismo contractuales u otros administrativos que garanticen la continuidad de la expresión artística de la tauromaquia y su difusión”. Las decisiones de las instituciones deben respetarse.

Eso no significa, no obstante, que las manifestaciones de los antitaurinos no tengan propósito, ni que la Corte Constitucional haya dado la última palabra sobre el tema. En el tribunal hay una ponencia del magistrado Alberto Rojas Ríos que soluciona la tensión entre tauromaquia y maltrato animal condicionando la realización de las corridas a ciertos requisitos de cuidado de los toros, adoptando el argumento de que puede respetarse la tradición cultural prohibiendo sus aspectos más lesivos, como la muerte del animal.

En cualquier caso, ojalá que en el Congreso se les dé justo debate y trámite a los proyectos de ley anunciados por los antitaurinos y que esas conversaciones se adelanten teniendo en cuenta los puntos álgidos de todas las posiciones.

Contrario a la retórica incendiaria que motiva este tema, es importante que los opositores a los toros comprendan que, en esencia, este es un conflicto cultural y que para asegurar la derrota del interés por la tauromaquia es fundamental convencer a los aficionados que han sido criados viéndola como una tradición respetable. Como todas las evoluciones dentro de la sociedad, los debates dentro de ciertas reglas de respeto son la solución sin tener que pisotear derechos en tensión. El triunfo final de los antitaurinos no será una prohibición legal, sino haber convencido a la nueva generación de por qué debería dejar de verse este tipo de eventos como un espectáculo. Ese reto, que sin duda es más difícil, es sobre el que debe centrarse la atención del debate.

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a [email protected]

Temas relacionados