Lula, en la cuerda floja

La verdad es que la justicia ha absuelto o no ha investigado por hechos similares a políticos del centro y de la derecha. / EFE

Tres jueces de un alto tribunal de Porto Alegre (Brasil) no sólo ratificaron, sino que aumentaron a 12 años la pena impuesta al expresidente Luis Inácio Lula da Silva por corrupción. La decisión pone en entredicho la aspiración de Lula para las próximas elecciones de octubre, en las cuales arrasa en todas las encuestas. El líder del Partido de los Trabajadores (PT) apareció en una gran concentración popular en São Paulo y dijo: “El condenado no soy yo, es el pueblo brasileño (...). Todo lo que están haciendo es para que no sea candidato, pero lo voy a ser”. El panorama electoral se va caldeando.

A pesar de que a Lula le quedan aún dos cartas ante las instancias judiciales, como hábil dirigente sabe bien que el juego no es jurídico sino político. En la medida en que afirma ser objeto de una persecución de las élites y los grandes medios de comunicación, contra su proyecto social que beneficia a las clases menos favorecidas, prefiere trasladar el debate a la calle, donde se mueve como pez en el agua. Junto a la expresidenta Dilma Rousseff, destituida de forma irregular por un aparente caso de corrupción, se ha movilizado por todo el país, con excelentes resultados. La diferencia que lo separa del candidato de la derecha, Jair Bolsonaro, es muy amplia. De esta manera parece propiciar un pulso con el gobierno de Michel Temer, con grandes movilizaciones populares que afecten la gobernabilidad y al final le permitan una salida política que lo satisfaga. No va a ser fácil. Rousseff dijo el miércoles ante miles de manifestantes: “Vamos a garantizar el derecho de Lula a concurrir a la Presidencia de la República en las calles y en todos los rincones y ciudades de Brasil. Justo cuando nos golpean, como hoy, vamos a luchar aún más”.

Pero ¿es culpable Lula? Los tres jueces del Tribunal así lo manifestaron en la sentencia unánime. Se le sindica de haber recibido un apartamento en una popular playa, a pesar de que estaba a nombre de un testaferro de la firma constructora que le estaría pagando así favorecimientos hechos durante su presidencia. Todo lo anterior para que la empresa OAS recibiera jugosos contratos con la estatal petrolera Petrobrás. Los jueces afirman que la decisión no tiene nada que ver con la persona sino contra alguien que cometió los delitos, dado que, como era presidente cuando ocurrieron, incurrió en una “desestabilización del orden democrático” por su alta investidura.

Entre las opciones jurídicas que tiene a mano están la de presentar un recurso para aplazar la ejecución de las penas y la de solicitar un amparo ante el Tribunal Supremo. Si la sentencia queda en firme, no sólo iría a la cárcel, sino que se le inhabilitaría políticamente. Ahí es donde radica el actual tire y afloje entre el líder del PT y el Estado. De hecho, dijo que no le tiene miedo a ir a la cárcel. “Quiero avisar a la élite brasileña que esperen. Esperen porque vamos a volver”.

La verdad es que, mientras tanto, la justicia, en fallos que dejan mucho que desear, ha absuelto o no ha investigado por hechos similares o mucho peores a políticos del centro y de la derecha. Es evidente la selectividad para cargar la mano contra un solo actor del tablero de ajedrez partidista. Este hecho, de una u otra manera, les da parte de la razón a los argumentos de Lula, pues demuestra que las élites que él critica por estar detrás de un “golpe de Estado” en su contra salen muy favorecidas. Sin embargo, lo anterior no logra desvirtuar su eventual responsabilidad por los delitos que se le imputan.

De prosperar la decisión judicial y fracasar la jugada política de la medición de fuerzas en la calle, el expresidente quedaría sometido a la muerte política. Porto Alegre fue la misma donde Lula da Silva aisló al ala más izquierdista del PT durante el Foro Social Mundial. Ahora busca revivir ese fervor popular de quienes se vieron favorecidos por las políticas de su gobierno y cuyos programas ha venido desmontando Temer. Vienen días intensos para Brasil.

 

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