Brasil escogió al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva para dirigirlo, con una mayoría cercana al 51 %, lo que demuestra la profunda división de un país que vivió en los cuatro últimos años un gobierno de ultraderecha que erosionó su democracia. La apuesta del electorado pone en manos de Lula la urgente necesidad de unir a todos los brasileños, sacar a más de 33 millones de personas de la pobreza —de los 214 millones de habitantes actuales—, así como proteger la Amazonia, afectada por el actual gobierno. Será una tarea compleja, con un Congreso opositor y mandatarios estatales que le serán adversos.
A pesar de los reiterados señalamientos de fraude hechos por el presidente Jair Bolsonaro, los comicios transcurrieron sin mayores problemas. El presidente del Tribunal Supremo Electoral, Alexandre de Moraes, criticado de manera inclemente por el actual gobernante, mencionó que no existe riesgo de impugnación de los resultados, y un alto número de gobernantes del hemisferio, entre ellos el presidente Joe Biden, reconocieron el triunfo de Lula. Algo similar sucedió con el secretario general de la OEA, Luis Almagro, que envió una Misión de Observación Electoral que avaló el resultado alcanzado.
La ventaja que Lula le sacó a Bolsonaro en la primera vuelta, antes que ampliarse, se redujo hasta llegar al 1,8 %. De esta manera, los graves errores del actual gobernante en el manejo de la pandemia, los muy altos niveles de pobreza, la depredación de la Amazonia, su discurso descalificador hacia las mujeres y las minorías, así como las alianzas en el Congreso con partidos corruptos de centro para garantizar su continuidad en el poder no fueron penalizados por los electores como se esperaba. De otro lado, Lula terminó renaciendo de las cenizas, luego de ir a la cárcel por más de un año, dentro de la investigación por el escándalo de corrupción conocido como Lava Jato. El haber escogido a un veterano centrista como Geraldo Alckmin para ser su fórmula vicepresidencial y obtener el apoyo de los candidatos que terminaron tercero y cuarto en la primera ronda no le reportaron la holgada mayoría que esperaba obtener.
Garantizado el triunfo, viene la difícil parte de asegurar la gobernanza, una vez se posesione el 1° de enero del año entrante, en medio de los graves problemas que afronta el quinto país más grande del mundo. Su prédica constante de unidad será titánica. De manera similar a lo ocurrido en la primera vuelta, la mayoría de los estados industrializados apoyaron la reelección de Bolsonaro, mientras que en los estados agrícolas y pobres se impuso Lula. Como ejemplo está el poderoso e industrial São Paulo, que en el pasado fue bastión del Partido de los Trabajadores (PT) y ahora tendrá como gobernador a Tarcísio de Freitas, exmilitar bolsonarista. Otro gran reto estará en el Congreso, donde la oposición ganó la mayoría de los escaños y Lula tendra que negociar el apoyo a sus propuestas de reforma. Allí tendrá que demostrar una vez más su habilidad política para tener un diálogo fluido incluso con la derecha moderada, antes cercana a actual presidente.
Reconstruir el tejido democrático de Brasil es una tarea inaplazable que deberá llevar a cabo Lula con una precisión de filigrana. El daño que el actual mandatario le ha hecho a la institucionalidad en estos años ha sido demasiado grande, similar a lo ocurrido con Donald Trump en Estados Unidos. Sin embargo, el proceso va a ser mucho más complejo de lo pensado, dado el muy alto nivel de pugnacidad que existe en el ambiente y los odios desatados, en su mayoría por los sectores fanáticos de la ultraderecha. Como mencionó un analista, la mayor gravedad del hecho radica en que el país ya no estará más dentro del normal juego de alternancia entre derecha, centro o izquierda, sino que en adelante continuará teniendo presencia de una muy importante fuerza política que se identifica con la dictadura o los autoritarismos populistas.
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