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La presencia de Luiz Inácio Lula da Silva en la política brasileña ha marcado buena parte del devenir del país en los últimos 40 años. De allí que la anulación de las condenas en su contra, por parte del Tribunal Supremo, le da vía libre a este controvertido líder de la izquierda brasileña, y latinoamericana, que manejó los destinos de Brasil entre 2003 y 2011. La decisión no es sobre el fondo del asunto, la corrupción, sino que cuestiona la competencia del tribunal estatal que lo condenó y lo pasa a un tribunal federal en Brasilia. Lula, como hábil político, ya dio los primeros pasos para su campaña del año entrante, donde enfrentará al desprestigiado presidente Jair Bolsonaro.
El país vive un momento muy complejo debido al desastroso manejo que el gobierno le ha dado a la pandemia del COVID-19. El descontento de la opinión pública frente a la gestión de Bolsonaro en general, y al tema de la pandemia, en particular, aumenta día a día. A pesar de todo, con las alianzas hechas por el presidente con un grupo de partidos políticos que lo defienden en el Congreso frente a su eventual remoción, la reelección para el año entrante no parecía muy comprometida. Lo anterior, en la medida en que no había un solo candidato capaz de aglutinar un movimiento amplio en su contra, ni contar con el carisma suficiente para hacerlo. El retorno de Lula cambia el escenario del ajedrez político en el país.
Durante su gobierno, millones de brasileños salieron de la pobreza y contaron con una mejora sustancial en sus condiciones de vida. Lo anterior, debido al boom que le permitió a Brasil jugar en el selecto club de las potencias mundiales. Al salir de la presidencia contaba con una popularidad del 80 %, lo que le permitió al Partido Trabalhista (PT) la elección de Dilma Rousseff como su sucesora. Sin embargo, los señalamientos por corrupción que afectaron a miembros destacados del PT, que fueron a la cárcel, también terminaron por tocar a Lula dentro del proceso conocido como Lava Jato, que fue adelantado por el juez Sergio Moro y concluyó con una sentencia por 20 años. El expresidente siempre alegó su inocencia, en los cuatro casos, y expresó desde entonces que se trataba de una conspiración política de la derecha para impedirle regresar al poder.
Con el tiempo, algunos hechos comenzaron a darles la razón a los señalamientos del líder del PT. Su principal acusador fue el juez Sergio Moro, quien presidía el tribunal de Curitiba, desde donde se destapó toda la red de corrupción que envolvía a Odebrecht y otras empresas brasileñas, en la financiación indebida de ciertos partidos, así como en casos de corrupción de políticos de casi todos los partidos, entre ellos los del PT. Lula figuraba como cómplice o como aparente beneficiario en algunos casos. Moro, tras el triunfo de Jair Bolsonaro en las urnas, fue nombrado como nuevo ministro de Justicia, lo que generó un ambiente de escepticismo sobre su imparcialidad anterior y ante lo que parecía un premio por haber sacado al expresidente del escenario político. Más adelante aparecieron grabaciones en las cuales, mientras presidía el tribunal, daba instrucciones y acordaba estrategias con la Fiscalía, contrariando las normas legales sobre el debido proceso.
A partir de este momento y al serle levantada la prohibición para desarrollar actividades políticas, Lula da Silva se alista para convertirse en el principal contrincante de Jair Bolsonaro. Sin saber cuál será la decisión final que tome el tribunal federal en Brasilia sobre el fondo del asunto, es decir, las acusaciones de corrupción del líder de la izquierda, de momento el camino parece allanado para su nueva aspiración presidencial. En declaraciones, al conocerse la decisión, hizo gala de la retórica que llegaba hondo dentro de su electorado y dijo: “Mi cabeza no tiene tiempo de pensar en 2022, en si seré candidato del PT o de un frente amplio”. Ya comenzó en Brasil la campaña para 2022.
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