Manizales, una ciudad muy especial

En un mundo cada vez más globalizado la creación de destinos turísticos pasa por la construcción de identidades especializadas. La biodiversidad y la cultura, en especial si están integradas, juegan aquí un papel fundamental.

El viajero global informado no viajaría a Bogotá para encontrar en sus cerros plantaciones de eucaliptos de Tasmania o a Santiago para observar arboledas de acacias australianas. Por el contrario, en la capital buscaría los humedales con sus especies endémicas —con distribuciones geográficas restringidas— y en Santiago, si acaso, preguntaría por la Jubea chilensis, escasísima palma chilena presente en algunos de sus parques y jardines. En este orden de ideas, si hay en Colombia alguna ciudad que pueda atraer visitantes con base en una identidad fundada en la biodiversidad es Manizales.

Otras ciudades del eje cafetero tienen en sus cercanías espléndidas reservas naturales: como Ucumari en Pereira y Acaime y el Valle de Totora en Armenia. Cali tiene su vecino Parque Nacional Los Farallones. Al Nevado del Ruiz se accede por Manizales. Pero ninguna tiene como esta última la biodiversidad —literalmente— dentro de la ciudad, como realidad actual en parte, pero sobre todo como potencial. Producto de su singular urbanismo de “ciudad falduda” y expandida en pisos altitudinales que van desde el piso frío al templado, el tejido urbano de Manizales presenta un potencial para la consolidación de la biodiversidad, en forma de bosques urbanos, sin parangón en el país y acaso en el continente. En efecto, muchos de los espacios residuales a la construcción, como resultado de la pronunciadas pendientes, tienen hermosos bosques naturales de crecimiento secundario con el emblemático yarumo plateado, el arboloco, helechos arborescentes, algunas heliconias, entre un conjunto variado de centenares de especies.

También son ya frecuentes, en algunos de ellos, aves de variados colores y numerosas especies menores desapercibidas para la mayoría. Pero allí están. “Sin querer queriendo”, se trata de un producto urbanístico que se constituye como la base para un programa inteligente de expansión del bosque nublado dentro de las pendientes y los cerros de la ciudad.

Hay sitio para más reservas naturales urbanas —como el parque los Yarumos— y hasta para corredores biológicos con interesante cobertura altitudinal. También hay sitio para desarrollar bordes entre el bosque y los espacios duros, con jardinerías creativas basadas en la biodiversidad característica del bosque nublado. Con una debida interpretación, la ciudad podría convertirse en todo un jardín botánico al aire libre, como base para una nueva identidad biocultural de ciudad de montaña andina húmeda.

Sería una que le agrega valor con la biodiversidad, y que cuenta con el conocimiento de ella. Interesante destino para promover a nivel mundial. ¿Qué tal, en un futuro, uno de los audaces cables aéreos de transporte urbano por encima de un bosque? En Kuranda, Australia, hay uno que le permite a los turistas ver el ecosistema desde arriba, y es un destino mundial.

No hay duda de que muchos querrán venir a conocer la ciudad del bosque nublado, que así sería, además, más amable y querida para sus habitantes.

 

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