Es mucho mejor revisar los objetivos paso a paso, poco a poco, como en un compromiso dirigido y consciente. No un protocolo. Eso está más que bien.
Ayer Berlín, hoy Bogotá (Plaza de los Artesanos). Llegó la hora de fijar más cosas, ya que el encuentro de hace un año dejó el sinsabor de que todo se pactaba sobre un irredimible papel que no tenía efecto práctico alguno. Y no: eso de “el futuro que queremos” no es un chiste ni debería ser concebido como una declaración de buenos principios y prácticas. El desarrollo sostenible nos habría ahorrado algunos cuantos desastres naturales producto del descuido. La planeación para evitarlo, también. De eso, justamente, se trata.
El enfoque, entonces, debe concentrarse también en las ciudades. Son esos nodos urbanos los que terminan por planear el territorio donde se establecerán los asentamientos humanos: ¿dónde? ¿Cómo? ¿Ateniéndose a qué estrictas reglas? Porque buena parte de la construcción de viviendas (si no es toda) se hace siguiendo simplemente el principio de la expansión: echar para los lados tumbando lo que estorbe. Alguien comprará. Tanto el rol de los mandatarios como de los ciudadanos y el empresariado es importante.
“Lo que se busca es que se compartan buenas prácticas”, le dijo a El Espectador, en este mismo sentido, el director del programa ONU Hábitat Colombia, Édgar Cataño. El escenario debe servir, acaso como un símbolo que redunde a nivel de política pública: en donde las ciudades tengan un Plan de Ordenamiento Territorial mejor planeado dentro de toda esta “filosofía” del desarrollo sostenible. Una participación más activa pensando en que ese es el futuro de la ciudad y no un mamotreto ininteligible (como es) del cuidado de unas pocas personas de la alta política. Que las ciudades tengan, por ejemplo, un cuidado mayor en la planeación en torno al agua, cuya ausencia causa que los burros en la Alta Guajira mueran de sed y caigan desplomados de la desesperación. Planear el territorio se trata, justamente, de preservar cosas que en el tiempo podrían faltar.
Y es por eso que, como afirma el mismo Cataño, el sector privado debe participar en todo esto. No es a las malas como van a entender la planeación responsable de las ciudades: el bienestar colectivo debe ser lo primero. Y esto, ya en concertación, es algo que nadie puede dejar de entender.
Por eso, aunque la incredulidad reine en este contexto, es fundamental apoyar un esfuerzo para aterrizar los conceptos que dan en el mundo las personas que más saben al respecto. El efecto a largo plazo podría notarse si se juegan las cartas bien: si en estos días se crea un insumo de participación plena en el que queden consignadas las dudas, las experiencias, las repuestas y las propuestas. Adelante, pues. Aún no es demasiado tarde.