Más que escuchar

Después de una votación con divisiones tan profundas, un acuerdo impuesto en contra de uno u otro de los bandos sería un llamado a perpetuar el conflicto.

La prisa por un acuerdo, necesaria, no justifica ignorar la voluntad expresada en las urnas. / Foto: AFP

Dos semanas después del plebiscito que le dijo, por un estrechísimo margen, “No” a los acuerdos entre las Farc y el Gobierno, el país sigue sumido en la incertidumbre frente a la opción real de poner fin a su conflicto. Y en el complejo escenario que se ha venido desarrollando aparecen potenciales problemas adicionales que no son de poca monta y es bueno advertir.

El presidente Juan Manuel Santos empezó su discurso de aceptación de la derrota en el plebiscito con la siguiente frase: “Hoy me dirijo al país como presidente de todos los colombianos: tanto de los que votaron por el No como de los que votaron por el Sí”. Posición que se ha materializado en las reuniones con los distintos sectores que hicieron campaña en contra del acuerdo. Celebramos esa actitud democrática y, sobre todo, consciente de que sin dialogar no hay forma de terminar el conflicto.

Sin embargo, no deja de preocupar que, luego de escuchar a tantas voces, el Gobierno quiera adoptar una posición de mero intermediario entre las Farc en Cuba y las posiciones del No en Colombia; una actitud pasiva en la que simplemente deje que la guerrilla lea los múltiples documentos de la oposición y ella vea qué está dispuesta a ceder. Ese sería un muy mal camino. El “presidente de todos los colombianos” debe adoptar los reclamos razonables del No como propios para que esa población opositora se sienta genuinamente representada en lo que se deba renegociar en La Habana.

No basta entonces con que el Gobierno escuche a los representantes del No. Debe negociar con ellos. Con su conocimiento sobre cuáles fueron los puntos álgidos del diálogo con las Farc, podría motivar conversaciones francas con los líderes opositores —claro, con aquellos que no demuestren un obstrucionismo insensato— sobre aquello que es viable reabrir y de qué manera, sin que el proceso entero corra riesgo. El resultado del plebiscito dejó un país dividido y así no hay manera de “mejorar el acuerdo”, que parecería ser la consigna del momento. Todos, pues, deben reconocer que es necesario ceder y encontrar puntos de acuerdo, que las líneas rojas lo único que hacen es obstruir la construcción de un mejor acuerdo, y que la paz necesita dejar de pensar en intereses políticos particulares.

Es el único camino viable, por complicado que sea. No son sabias las propuestas que pretenden ignorar la decisión democrática del plebiscito a través de distintas maromas legales. Se ha hablado de pasar el acuerdo por el Congreso de otra manera, desempolvando viejas demandas al acto legislativo. También de hacer cambios menores al acuerdo para burlar —qué otra palabra cabe— el mandato plebiscitario y presentarlo como nuevo, sin refrendación. Incluso sigue viva la idea de anular y repetir la votación por razones climáticas. ¡Demasiada creatividad santanderista!

Tampoco se puede, como parecen pretender ciertos sectores políticos, interpretar las multitudinarias manifestaciones exigiendo la paz como un mandato ciudadano para ignorar el plebiscito e implementar el acuerdo tal y como está. Los colombianos están pidiendo una solución, y pronta, para no perder esta oportunidad única, pero en lo que se proponga deben tenerse en cuenta los más de seis millones de personas que expresaron de manera inequívoca su deseo de que se cambien aspectos importantes de lo pactado.

Claro, hay afán. Mucho afán. Por más que exista buena voluntad de todos los involucrados, cada día que pasa desgasta a la población, intranquiliza a los guerrilleros, le resta poder de acción al Gobierno y envía un mensaje a la comunidad internacional de que no hay solución cerca, potencialmente condicionando su apoyo. Pero que se requiera prisa no significa que deba obviarse la negociación con la oposición o borrar el mandato plebiscitario de que el acuerdo requiere modificaciones.

Después de una votación con divisiones tan profundas, un acuerdo impuesto en contra de uno u otro de los bandos sería un llamado a perpetuar el conflicto.

Si eso implica que debemos aguantar unos cuantos meses más de incertidumbre, no los desperdiciemos en posiciones llenas de soberbia.

 

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