Más lecciones de Pékerman

Por fin se puede decir con absoluta tranquilidad, sin miedo a que la historia termine afirmando lo contrario para pesar nacional, que la selección colombiana de fútbol ha clasificado al Mundial Brasil 2014.

Por fin. Luego de 16 años de frustraciones y penas y plegarias por milagros aritméticos absurdos, los jugadores y el técnico accedieron por la puerta que debía ser: la propia. La de no depender de otros resultados, con todo y que falta todavía una fecha por jugar este martes.

Algunas críticas se levantan por el hecho de celebrar la clasificación a un Mundial: dicen quienes así piensan que Colombia se adormece y se olvidan cosas que son mucho más importantes. Quizás sí, pero una sociedad como esta no tendría por qué negarse a sí misma la alegría que naturalmente genera una noticia así. Puede celebrar, claro, con sensatez, aprendiendo los matices que por lo general se olvidan. ¿O qué? ¿Prohibimos los espectáculos para que la sociedad reaccione? No puede ser.

Hace un tiempo, en este mismo espacio decíamos que la sociedad colombiana se caracteriza por un triunfalismo que raya en lo excesivo a la hora de evaluar el fútbol nacional. Y sí, horas antes del partido del pasado viernes esa era la característica. Por eso, conforme iban llegando los goles en contra, resultaba muy extraño el contraste del pesimismo destructivo general. Como si lo hecho hasta ese momento no valiera nada. Como si todo estuviera perdido. Gol tras gol, la sensación de desesperanza, de que era un resultado invariable, invadió el ambiente que horas antes era festivo. Claro, el fútbol puede generar pasiones contradictorias, pero en este país parecería que siempre se llevan hasta el último extremo.

No se trata solo de triunfalismo, entonces, como decíamos en esa ocasión. La sociedad, y eso fue a lo que asistimos el viernes, tiende a llevar al límite  tanto el triunfo como la derrota. La sicología social nuestra pareciera no estar preparada para tales retos. Un círculo vicioso que, además, se puede extrapolar a casi cualquier conducta colectiva frente a cualquier tema en este país.

Pero atengámonos por hoy al fútbol, que tan orgullosos nos tiene ahora. En ese momento, al principio del segundo tiempo, cuando todo era descontento y sentido del fracaso irredento, temíamos, por supuesto, que ese sentimiento se trasladara al campo de juego, como ha tendido a suceder siempre: al menos en el último período histórico la selección de Colombia no había remontado un resultado tan adverso en una eliminatoria. Quizás por eso mismo solemos repetir: cuando algo mal comienza, mal termina. Y así actuamos.

Sin embargo, contra todo pronóstico, este equipo rompió el hechizo. Lo que demostraron en el campo los jugadores, pero sobre todo José Pékerman, la persona que está detrás y quien ha sido un obvio factor de cambio, es que la adversidad no se debe tomar con fatalismo. Por ello tomó las riendas, salió a alcanzar lo que el país creía perdido... y lo logró. Y así como sus declaraciones lo demostraron en las semanas anteriores, cuando no quiso hablar de los objetivos para el Mundial sin primero haber asegurado la clasificación, en la buena racha tampoco se adelantó a los acontecimientos.

Pékerman nos ha enseñado en este corto tiempo cosas que —lástima— nosotros mismos no habíamos logrado comprender. Pero que pueden servir como insumo, ya no solo en el deporte, sino como proyecto colectivo. Porque más allá de unos jugadores de gran nivel, que los tiene, o de sofisticadas estrategias, lo que nos trajo el argentino fue sensatez, realismo no extremista, unión y por encima de todo la valorización del trabajo serio como el gran cimiento que da confianza y atrae el éxito. Cosas simples que hoy nos llevan de nuevo a un Mundial, pero que deberíamos tener más en cuenta en muchos otros aspectos de nuestras vidas y de la sociedad que podemos moldear entre todos.

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