Mientras haya cese del fuego, hay esperanza

El cese bilateral es hoy la herencia más importante de las negociaciones de La Habana. Se debe evitar a toda costa ponerlo en peligro.

Las manifestaciones ciudadanas demuestran que hay una voluntad de paz que no puede obstaculizarse echando para atrás el cese bilateral del fuego.

El anuncio del presidente Juan Manuel Santos el pasado martes, de que el cese del fuego bilateral con las Farc iría hasta el 31 de octubre, causó preocupación en la opinión pública, siguió aumentando la polarización del país y llevó a las Farc a mostrar alarma por no entender la movida del presidente. Aunque la versión del Ministerio de Defensa ha aclarado el interés detrás de esa fecha, lo que queda claro es que Colombia quiere que se mantenga el cese del fuego el tiempo que sea necesario hasta conseguir la paz, aunque no podemos demorarnos indefinidamente en tener un acuerdo renovado.

Es entendible que se haya interpretado la declaración del presidente como un ultimátum. Decir que “hasta el 31 de octubre irá el cese del fuego” sonó a que les estaba poniendo un plazo fatal a los esfuerzos de acercamiento que se están dando con los representantes del No. La respuesta del líder de las Farc, Timochenko, sintetiza la reacción que se pudo sentir a lo largo del espectro político colombiano: “¿De ahí para adelante continúa la guerra?”.

No obstante, el ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, aclaró que por el resultado del plebiscito era necesario expedir una directiva que le otorgara un “paraguas jurídico que le permita a la Fuerza Pública mantener el cese del fuego y de hostilidades”, y que la fecha de finalización podía prorrogarse “cuantas veces sea necesario”. Ante la pregunta de por qué era necesario tener una fecha límite definida, Villegas contestó que el plazo “es una certidumbre. Sin fecha puede terminar hoy u otro día; con una fecha, se sabe cuál es la ruta”.

Si bien esa justificación es razonable y entendible, no deja de ser extraño que el presidente, en su declaratoria, no fuese más explícito en la posibilidad de la prórroga y las intenciones detrás de dar una fecha fija. En la previa a una reunión con voceros del No, que se llevó a cabo ayer en la Casa de Nariño, la declaración del presidente pareció tener la intención de presionar políticamente a quienes se han opuesto al acuerdo y triunfaron en las urnas, mostrando la posibilidad de que el esfuerzo de todos estos años se pierda por su tozudez.

Esa actitud no es útil. Y menos en estos momentos en que se trabaja para lograr puntos de unión. No cabe duda de que la solución a la incertidumbre nacional debe encontrarse cuanto antes, que las Farc no pueden quedarse de manera indefinida esperando señales coherentes desde el Estado y que no puede aprovecharse esta coyuntura para sacar rédito político de cara a unas elecciones presidenciales para las cuales falta todavía mucho trecho.

El cese bilateral es hoy la herencia más importante de las negociaciones de La Habana, el pilar que ha permitido que los acuerdos no se vayan al traste y, además, que los colombianos mantengan la esperanza de que una paz negociada está cerca. Se debe evitar a toda costa ponerlo en peligro.

Aunque estamos en un momento muy complejo y las partes involucradas han demostrado que llegar a una solución no será fácil, el presidente no puede olvidar su promesa, respaldada por las declaraciones de las Farc, de seguir buscando el fin del conflicto. Levantar el cese, o amenazar con la posibilidad hacerlo, sólo le pone leña al fuego retórico de quienes desconfían del Gobierno, empeora la incertidumbre y también afecta la posición del Secretariado de las Farc ante sus tropas, que tienen motivos para sentirse intranquilas.

Este no es el momento de jugar a la política ruda. Colombia necesita un liderazgo que una y salve el esfuerzo histórico por la paz.

 

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