No arruinemos la fiesta

Mañana juega la Selección de fútbol de Colombia contra la de Venezuela. Es el debut del combinado patrio en la Copa América.

Y, claro, a la par con el regreso de las emociones que hace un año transformaron a este país alrededor del equipo y su ejemplo de unidad y propósitos comunes, viene también ese temor a que no seamos capaces de celebrar (porque confiamos en que habrá mucho para celebrar) en paz. Menos, a que no se den los resultados esperados o haya posibles injusticias en el desarrollo de los juegos y luego no sepamos aceptar las derrotas y respondamos con la “destrucción del establecimiento”, por decir lo menos.

El fin de semana pasado quedó en evidencia esa insólita y salvaje relación de algunos aficionados con el fútbol tras la final de la Liga Águila entre el Deportivo Independiente Medellín y el Deportivo Cali, de la que salió victorioso el equipo azucarero. En Medellín hubo 65 heridos y en Cali tres muertos y 70 heridos por los disturbios protagonizados por los hinchas que confundieron la euforia con la estupidez. Es lamentable que en Colombia seamos capaces de convertir la fiesta en velorios, que al celebrar la victoria quedemos como perdedores.

Lastimosamente, algunos, posando de hinchas, terminan defendiendo unos valores que son completamente contrarios a los que el fútbol defiende. Este año ha estado, tristemente, plagado de ejemplos: desde los incidentes en el partido entre Boca Juniors y River Plate, ya hace un mes, hasta el escándalo de corrupción que tiene a la FIFA en crisis. Y, sin embargo, entre tanta mafia y tanta podredumbre, el fútbol, el bueno, siempre encuentra su lugar.

Desde estas páginas, pues, en vísperas de que el país se sumerja en la Copa América, hacemos un llamado a la reflexión para que esta fiesta se viva en paz, en coherencia con lo que es y debe ser siempre el deporte. El fútbol, como cualquier deporte, busca promover la competencia pacífica, de acuerdo con una normatividad que rige a todos aquellos que lo practican. No es, como algunos han querido asumirlo, un espectáculo bárbaro. Sí, figurativamente sentimos a veces que la vida se nos va en la pasión por una camiseta, pero nunca debemos olvidar que se trata solamente de un juego en el que no siempre se gana ni siempre se pierde. Y al final nada pasa, la vida sigue, las revanchas deportivas llegan. La violencia nada cambia.

Hemos sido capaces. Ese equipo maravilloso de Colombia que brilló deportiva y humanamente en el más reciente Mundial en Brasil, hace un año, no sólo se destacó por su buen fútbol, sino, además, por su juego limpio. Ese es el ejemplo que hay que seguir. Recordemos aquellos días en que Pékerman y sus muchachos nos enseñaron a liberarnos de odios y unirnos frente a una meta, a soñar juntos, a vernos como hermanos, incluso a llorar juntos en la derrota y convertir en chiste el supuesto robo de un gol de Yepes. Así, el fútbol gusta más.

No estamos aquí en una invocación “patriotera”. Es sencillo: que quienes disfrutan del fútbol, lo hagan. Salir a la calle a golpear gente no es disfrutar, a menos que uno sea un salvaje. La mejor forma de apoyar a un equipo o a un deportista no es, ni de cerca, salir a atacar a otro en su nombre. Da vergüenza que, mientras en el campo un equipo hace hasta lo imposible por vencer, en las calles sus dizque hinchas causen destrozos y muerte.

Por favor, no arruinemos la fiesta.

 

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a [email protected]

 

últimas noticias

Belisario Betancur y la paz a pesar de todo

Facebook, el conquistador incómodo