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No estamos para constituyentes

El Espectador

05 de junio de 2026 - 12:00 a. m.
El Gobierno, que ha sido el principal promotor de la iniciativa, se distancia ahora de una idea que fue mala desde la primera vez que se mencionó.
Foto: Archivo Particular
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Muy tarde y a medias, la idea de convocar una Asamblea Nacional Constituyente ha sido puesta en el congelador. Sin duda presionado por la campaña del senador Iván Cepeda, el presidente de la República, Gustavo Petro, le pidió que suspendiera sus actividades al comité que venía recogiendo firmas para promover la iniciativa. Ahora el Gobierno, que ha sido el principal promotor de la iniciativa, se distancia de una idea que fue mala desde la primera vez que se mencionó. Preocupa, sin embargo, que las razones que se han esbozado para echar para atrás el proceso constituyente muestran que un sector muy influyente de la izquierda no ha abandonado sus intenciones. ¿No son suficientes los resultados de primera vuelta para demostrar que el país no está en un momento propicio para refundar sus instituciones?

El presidente Petro, que ha sido tan errático en sus intervenciones públicas desde la primera fecha, utilizó argumentos que hemos formulado en editoriales pasados para echar hacia atrás el proceso constituyente. “La decisión electoral reflejada en las últimas elecciones, al reflejar una profunda división ciudadana, no permite que el constituyente se convoque a sí mismo y ha dejado abierta la puerta de un regreso a los métodos del fascismo violento”, escribió en su cuenta de X. Para concluir: “Luego, el pueblo debe primero determinar, en tranquilidad, su mayoría y definir el destino de la nación; de esa definición depende la suerte de las reformas sociales ya hechas en mi gobierno y las que aún se necesitan”. Eso es lo que innumerables críticos le dijeron, y le dijimos, a la Casa de Nariño en varias ocasiones: la división política está muy lejos del momento histórico que representó la constituyente que terminó en la Carta de 1991.

No era difícil llegar a esa conclusión. Incluso, los referentes regionales lo confirman. Un gobierno de izquierda que llegó al poder en Chile en medio de una ola popular sin precedentes cometió el error de fomentar una constituyente sesgada, sin capacidad de concertación, que se estrelló con el rechazo en las urnas. Después, la derecha y ultraderecha de ese país intentaron hacer lo propio, sin éxito al final. A las malas, el ahora expresidente Gabriel Boric vio cómo todo su capital político se diluyó por impulsar la constituyente en lugar de dedicarse a gobernar con eficiencia. Colombia iba por la misma senda. La Constitución de 1991, con su consenso y sus avances sociales, es un milagro comparado con lo que podría salir de nuestro momento actual.

En su mensaje, el presidente Petro insistió en que “la propuesta de Asamblea Nacional Constituyente es, por definición, del constituyente”. Eso, sin embargo, no fue así. Quien empezó a hablar de poder constituyente hace dos años fue el mandatario. Hace poco hizo la promesa de que el 20 de julio, ante el nuevo Congreso, presentaría las firmas. Su fugaz exministro de Justicia, Eduardo Montealegre, presentó un proyecto de ley que buscaba abrirle camino a la constituyente, incluso con creativas maneras de elegir a dedo a buena parte de sus representantes. Y no pareció casualidad que en los eventos del presidente y del senador Cepeda se recogieran firmas por parte del comité.

Todo eso quedó enterrado con el resultado de la primera vuelta presidencial. Sí, la izquierda tuvo una votación histórica, pero el apoyo masivo a un candidato como Abelardo de la Espriella deja expuesto un país dividido: esas dos Colombias que el presidente Petro prometió unir cuando ganó la Presidencia y que no hizo más que separar al extremo con su retórica de odios. Por eso, no estamos para constituyentes.

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