No más chantaje con la paz

Triste ver que, ni siquiera en un hecho de tanta importancia para el país como su futuro en paz, los parlamentarios son capaces de actuar a partir de convicciones ideológicas. / Archivo El Espectador

El Congreso no ha estado a la altura histórica de las exigencias que representa la implementación del Acuerdo de La Habana. Incluso si en las próximas semanas, como se ha prometido, logran salvarse puntos esenciales como la reglamentación de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), quedarán para la historia los parlamentarios que utilizaron la paz como rehén para chantajear al Ejecutivo. Y también, hay que decirlo, un gobierno que llegó sin fuerzas y dio por sentado lo que ha resultado —y se esperaba fuera— tan complicado como las negociaciones mismas. No ha habido liderazgo político, sólo oportunismo.

El gobierno Santos lideró un proceso de negociaciones complejo y tortuoso con paciencia, prudencia y determinación. El resultado fue contundente: un acuerdo de paz histórico que, con todas sus fallas, será estudiado en el mundo entero como ejemplo de cómo terminar un conflicto armado. Sin embargo, al momento del aterrizaje, la energía desapareció. Además de la partida de los rostros más visibles, como Sergio Jaramillo, Humberto de la Calle y Juan Fernando Cristo, el Gobierno ha venido tropezándose con lo que parece la desidia de un gabinete supuestamente elegido para fortalecer la paz.

No en vano el senador Roy Barreras, uno de los aliados más cercanos al proceso y a la administración Santos, escribió con frustración una crítica punzante esta semana: “Ni siquiera el comisionado de Paz asistió hoy a defender la JEP. El primer ausente es el Gobierno. ¿A nadie le importa ya salvar la paz?”. ¿Cabe la odiosa comparación de la fuerza que el Gobierno empleó para sacar adelante la reforma tributaria con esta ambivalente actitud ante el Acuerdo de Paz?

Pero no todo recae sobre el Ejecutivo. Los partidos políticos que se habían autoproclamado defensores de la paz cuando era políticamente conveniente hacerlo, ahora, aprovechando la baja popularidad del presidente y de los acuerdos, se inventan trabas y faltan a los debates para no dar la cara. Buscan chantajear al Gobierno. Triste ver que, ni siquiera en un hecho de tanta importancia para el país, los parlamentarios son capaces de actuar a partir de convicciones ideológicas. El individualismo y el oportunismo por encima de todo.

Tal vez la postal más ridícula de todo este proceso de implementación se presentó esta semana que termina. Varios congresistas, aparentemente indolentes a la historia de violencia del país, se proclamaron los Pepes, pero ya no haciendo referencia a los paramilitares y narcotraficantes que eran “perseguidos por Pablo Escobar”, sino ahora dizque “perseguidos por Palacio (de Nariño) y (Alfonso) Prada”. ¿De qué trata la persecución? De la frustración de varios políticos por la falta de representación de sus partidos en el gabinete del presidente. Faltaba más. El apoyo a la paz dependiente de una cuota burocrática. ¿Es así como se construye país?

El Gobierno, no obstante, no se rinde, y dijo que la ausencia de siete senadores de la U, cuatro liberales y cinco conservadores en las discusiones fue por malos entendidos. Difícil creerlo, cuando luce evidente que la estrategia de muchos parlamentarios es utilizar la paz para acorralar al Gobierno y hacerles guiños a varias campañas presidenciales que están calentando motores. O para cobrar con puestos y presupuesto.

Esperábamos un liderazgo distinto, ideológico, lejano de la cultura política de siempre. Todavía hay tiempo para enmendar el curso. Se anunció que la semana que comienza se darán las discusiones pendientes; ojalá así sea y los parlamentarios demuestren su compromiso genuino con construir una mejor Colombia. No jueguen más con el Acuerdo de Paz, por favor. Así no sea popular, es lo correcto.

 

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