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No más excusas

DOCE AÑOS DESPUÉS DE OCURRIda la trágica toma del cerro de Pastascoy, protagonizada por el bloque sur de las Farc, nadie se explica cómo es posible que los sargentos Libio José Martínez Estrada y Pablo Moncayo Cabrera aún se encuentren secuestrados. Una verdadera infamia.

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El Espectador
21 de diciembre de 2009 - 11:00 p. m.
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Lo ocurrido en aquel cerro ubicado en el Departamento de Nariño, en límites con Putumayo, formó parte de la asonada guerrillera en la recta final del gobierno de Ernesto Samper e hizo pensar a más de uno que el conflicto armado interno transitaba de la guerra de guerrillas a la guerra de operaciones. Antes de Patascoy, el 15 de junio de 1997, las Farc liberaron a 60 soldados secuestrados en la toma de la base militar de Las Delicias, ocurrida el 13 de agosto de 1996. Y como Patascoy, hubo ataques en San Juanito, Miraflores y Mitú. Cerca de 450 soldados y policías llegaron a estar privados de su libertad.

En los confusos hechos que ayer tristemente conmemorábamos, las Farc atacaron la estación de comunicaciones terrenas del Ejército, localizada a 4.000 metros sobre el nivel del mar y tras “15 minutos de pelea”, para retomar la espeluznante conversación que le fue interceptada al Mono Jojoy, 22 soldados fueron asesinados y 18 más secuestrados. Del lado de las Farc, que aparentemente contaba con 300 hombres armados, no hubo una sola baja.

Por esa misma época en la que el país recibía atónito la noticia de lo ocurrido, el grupo guerrillero hizo circular una misiva en la que se negaba a dialogar de paz por considerar que se trataba de la condición “repetitiva de una engañosa táctica”. Sostenía el Secretariado que hasta tanto se despejaran cinco municipios del sur no habría avances en ese plano. Los secuestros debían continuar. La guerrilla creía en el valor político de los que desde entonces denominan rehenes.

Llegó el gobierno de Andrés Pastrana y en medio de las frustradas negociaciones del Caguán salieron de la selva y con vida 16 de los militares secuestrados en Patascoy. Para sus familiares todo fue alegría, pese al precario estado de salud en que se encontraban. De los sargentos Martínez y Moncayo, por cuya libertad inmediata toda Colombia clama, nada se dijo. Nunca fueron incorporados en el acuerdo humanitario.

Han pasado 12 años, con tres presidentes diferentes y el inicio de un nuevo siglo. Doce años, lo que tarda un niño en entrar a su adolescencia. La juventud ya la perdieron. En ese entonces ni siquiera contábamos con telefonía celular.

Es inconcebible que a estas alturas, tras infligir tanto dolor a sus secuestrados y sus familias, en momentos en que la barbarie de sus prácticas los han alejado definitivamente de cualquier reconocimiento político, las Farc insistan ciegamente en los supuestos réditos del secuestro. Anunciaron en abril que el cabo Moncayo, por quien su padre tanto ha abogado, sería puesto en libertad. Y poco después ofrecieron entregar al soldado José Daniel Calvo y los restos del capitán Julián Guevara, muerto en 2006 tras ocho ignominiosos años de secuestro.

Pero nada. El gobierno del presidente Uribe, a quien le asiste la duda razonable de estar prestándose para una liberación con cuenta gotas que para algunos dignifica la práctica del secuestro, se mostró reticente y dio la orden de que es preciso que las Farc liberen a todos los uniformados que tienen presos. Un inamovible frente al que cambió de opinión tras autorizar a un grupo de personas para entrar en contacto con los subversivos.

Se acaban, pues, las excusas, como se les va el tiempo a los secuestrados.

Por El Espectador

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