Cuando el expresidente Iván Duque todavía estaba en la Casa de Nariño, Estados Unidos tuvo elecciones. Miembros de su partido apoyaron abiertamente en la Florida a Donald Trump, quien luego fue derrotado. Los efectos para Colombia se sintieron inmediatamente: la administración de Joe Biden entró con una actitud fría hacia nuestro país, que costó un buen tiempo reparar. La lección de ese error no fue aprendida por su sucesor, el expresidente Gustavo Petro. Al poco tiempo de llegar al cargo, utilizó su cuenta de X para intervenir en procesos electorales en distintos lugares del mundo, y sí, también para polemizar con Trump, ya entonces de regreso a la Casa Blanca. Los resultados fueron un enfriamiento de las relaciones, así como la complicación de las mismas con países vecinos como Perú y Ecuador. Ahora, el presidente Abelardo de la Espriella ha caído en la misma trampa.
Primero lo vimos con su indebida intervención en las elecciones de Brasil. Después del triunfo en primera vuelta de Flávio Bolsonaro, el presidente De la Espriella celebró el resultado en su cuenta de X. A los pocos días, y con la segunda vuelta en aquel país en curso, nuestro mandatario aceptó ser entrevistado por Bolsonaro en las redes sociales del candidato brasileño. Los comentarios que hizo el presidente de los colombianos encumbraron la candidatura de Bolsonaro en una especie de cruzada contra el mal. Si bien es cierto que es probable que él sea el próximo presidente de Brasil, ¿por qué un servidor público de nuestro país está interviniendo de esa manera en los asuntos de un país vecino? ¿Nuestra alianza histórica con los brasileños depende de qué partido político esté en el poder?
Las intervenciones continuaron. Esta semana, María Elvira Salazar, congresista del Partido Republicano en los Estados Unidos, publicó un video en el que el presidente De la Espriella apoya su candidatura a ser reelegida en la Florida. Salazar está amenazada por una sorpresivamente fuerte candidatura del Partido Demócrata en un estado donde las políticas hacia Venezuela y Cuba de la Casa Blanca no han caído bien. Puede ser que Salazar salga triunfadora, pero tenemos que volver a la misma pregunta: ¿qué hace un presidente de Colombia buscando influir en la democracia de los Estados Unidos? ¿Qué ocurre si el Partido Demócrata recupera control del Congreso y no olvida que el representante de todos los colombianos privilegió a sus oponentes?
Las consecuencias no tardaron en hacerse sentir. Gregory Meeks, representante demócrata y miembro de mayor rango del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes, dijo que la intervención del presidente De la Espriella era “inaceptable” y que “el pueblo estadounidense decide quién lo representa en la Cámara, no líderes extranjeros”. Tiene razón. Por eso las relaciones internacionales de Colombia tienen que entenderse como una política de Estado que no depende de la persona que esté en la Casa de Nariño. El apoyo a nuestro país ha sido constante bajo presidencias demócratas y republicanas precisamente por los buenos lazos que se han construido con ambos partidos y por el respeto a la soberanía de los estadounidenses.
Sabemos que el presidente De la Espriella, como ciudadano particular, hizo donaciones que favorecieron al Partido Republicano. Estaba, por supuesto, en su derecho. Pero ahora que es el primer mandatario de la Nación, no puede olvidar que su compromiso es representar a todos los colombianos. La Casa de Nariño no está para intervenir en la política de otros países.
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