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Sobran en este comentario, incluso, las aclaraciones sobre la procedencia de ambos equipos: el mundo ya las sabe, el mundo cesará actividades el día de hoy para verlos jugar por el título más grande que ofrece la UEFA. Esa es la magia (llamémosla magia) de este deporte: que enciende pasiones transnacionales, que inmoviliza poblaciones, que le importa a una gran parte del planeta. De hecho, su embrujo (llamémoslo embrujo) hará olvidar (ojalá por momentos) lo que hay detrás: los escándalos de corrupción de la FIFA, el ente rector del deporte, que se volvieron de incontrolable magnitud y que presionaron poco a poco para que, enhorabuena, el inamovible Joseph Blatter renunciara a su trono vitalicio.
Decíamos el domingo pasado en este espacio que no había esperanza a la vista si el señor Blatter pasaba derecho en este escándalo y seguía atornillado a su puesto: no sólo porque haya muchas sospechas sobre su responsabilidad directa en lo que tiene que ver con la cadena de sobornos y prácticas criminales de esa organización que dirigió, sino por simple decencia, por honor. Su renuncia se da en medio, por supuesto, de lo que resulta evidente: la presión de la justicia federal de Estados Unidos, que detuvo a siete dirigentes de la FIFA acusados de sobornos y que tiene a otros peces gordos en la mira, va pisándole los pasos a Jérôme Valcke, el secretario general de la federación, el amigo de Blatter. Su hombre de confianza.
Todo en medio de un escándalo que se agudiza con el correr de los días: la Copa Mundo de 2022, que sería celebrada en Catar (por primera vez en la historia en diciembre, porque se dieron cuenta de que un infierno de 50 grados sería malo para la salud de los futbolistas), sobre la que se tiende una sombra de dudas acerca de sobornos multimillonarios para asignarla. Junto con las denuncias de los periodistas que dan cuenta de las condiciones laborales extremas (inhumanas, descaradas) de quienes construyen ladrillo a ladrillo las edificaciones de un país que no tiene estadios en su territorio. Eso suma. Pesa. Dejó de ser un elefante blanco.
Si bien la renuncia de Blatter era algo que muchos queríamos que sucediera, la FIFA es una organización estructurada para que estos actos de corrupción pasen: se trata, decíamos el domingo pasado, de una corporación de nivel global que tiene un rol administrativo absoluto sobre el deporte más popular del mundo. Si una nación osaba cuestionarla, la represalia iba contra la federación de ese país. Por ende, no tiene controles, ni internos ni externos, que estén definidos en propiedad: es un tren sin rieles por debajo.
De hecho, de no ser por la intervención estadounidense (donde el fútbol es más que todo un pasatiempo de algunos niños de colegio), nadie habría cuestionado los manejos turbios de la federación.
El fútbol, sin embargo, como espectáculo que es, debe seguir: difícil hacer la reforma necesaria y estructural con el fenómeno andando. Ese embrujo del fútbol (esos millones paralizados por un campeonato) fue justamente el que le permitió a la FIFA aprovecharse, sacar réditos, volverse incontrolable. Luego del partido de hoy, del pitazo final y la celebración, hay que seguir discutiendo la reforma de la entidad, los controles necesarios. La renuncia de Blatter no basta.
¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.
Por El Espectador
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