Nuestros ídolos

Publicó El Espectador ayer un amplio reportaje sobre la trayectoria de Raúl Cuero, un científico que, durante los últimos años, se ha mostrado como uno de los más respetados que hay en Colombia, condecorado en el país, en diversas ocasiones, por distintas organizaciones, tanto educativas como de medios.

Se ha vuelto famosa su historia (que hemos contado en esta casa editorial, por cierto) de ir de un entorno de pobreza en su natal Buenaventura a ser un científico muy prestante en los Estados Unidos. En el artículo publicado, sin embargo, se hacen varios cuestionamientos frente a la magnitud de su obra científica y su trayectoria: tanto de sus publicaciones como del número de inventos que ha patentado, o también de su pertenencia laboral a la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio, NASA, que es como se presenta a Cuero cotidianamente.

Hay también, en la edición del día de ayer, una entrevista en la que Cuero acepta varias cosas que cuesta trabajo creer a primera vista: que no, que el no es investigador principal en el famoso Synthetic Biology Engineering Research Center, como lo sugiere en su página web; que tampoco son 13 sus patentes sino solamente dos y las otras están pendientes; que no, que no es cierto que trabaje en la NASA (como se ha cacareado sin fin e incluso lo da a entender el título de una de sus autobiografías: De Buenaventura a la NASA), sino que la agencia le ha brindado financiación en algunas investigaciones y le ha entregado certificados por ello. Las palabras pesan mucho y los números no mienten, en especial en asuntos de acreditación científica.

Las reacciones al juicioso artículo del profesor Rodrigo Bernal publicado ayer han sido variadas. Desde la descalificación total de Cuero hasta acusaciones de sesgos racistas o de envidia de quien hizo la investigación o, incluso, de este periódico. ¡Por favor! Aquí no se trata, de ningún modo, de arrebatarle el mérito a la obra de este científico colombiano. Porque por muy “inflados” que estén sus logros, tienen rasgos admirables: salir de la pobreza en Buenaventura para llegar a ser profesor e investigador en una universidad de Estados Unidos, publicar en revistas científicas de prestigio, tener dos inventos patentados, no son éxitos de poca monta. Se requiere de rigor científico indiscutible. Pero hasta ahí llega la realidad: el resto es una distorsión que se convirtió en bola de nieve.

Más allá de si Cuero ha participado a conciencia en esa exagerada exaltación de sus logros, lo cual es ciertamente censurable, este caso debería llevarnos a una reflexión más profunda sobre las imágenes de grandes ídolos que la conciencia colectiva va creando en Colombia. ¿Cómo los creamos? ¿A qué le damos credibilidad y a qué no? ¿Por qué esa tendencia a endiosarlos para que realmente los valoremos?

Aquí, como dijo el mismo Cuero en el tema particular de su trabajo en la NASA, la culpa ha sido nuestra, de los medios. Constatar los hechos que se vuelven noticia es un imperativo de este oficio. Y en general la grandilocuencia nos lleva a enceguecernos con la realidad de nuestros ídolos. La selección de fútbol clasifica a un Mundial, y dale, somos favoritos para ganarlo. La economía resiste la crisis mundial, y dale, somos ejemplo mundial de manejo financiero. Nos sentamos apenas a negociar un proceso de paz, y dale, nos merecemos un Nobel de Paz. Y así...

Muchas enseñanzas nos deja el caso de Raúl Cuero. ¿Qué de bueno podemos sacar de ellas, mucho más allá de la obvia y antipática actitud de o bien irnos en su contra o bien mirar a otro lado para mantener la ilusión? Tal vez evitar ese tipo de extremos ya sea un buen comienzo.

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