Lo cierto es que el triunfo de Rohaní, en primera vuelta y con algo más del 50% de los votos, es una sorpresa incluso para los expertos en el devenir iraní. Educado en Gran Bretaña, con un doctorado en Derecho y una activa vida política, logró vencer a los continuistas que pretendían continuar la obra de Mahmud Ahmadineyad. Estos últimos no lograron captar la atención de un electorado que durante los últimos años ha salido a la calle pidiendo reformas urgentes y fue reprimido de manera inmisericorde. A diferencia de las últimas elecciones, que fueron cuestionadas por las evidencias de fraude, el triunfo fue transparente y, lo más importante, aceptado incluso por el ayatolá Alí Jameneí. Ese es un mensaje que pesa mucho, pues a pesar de seguir una línea centrista cuenta con el visto bueno de la jerarquía religiosa.
La campaña del nuevo presidente se comprometió, en el interior, en aflojar la presión contra los estudiantes y la sociedad civil; la urgencia de atender los olvidados derechos de la mujer y la posibilidad de establecer un ministerio para dicho efecto; el respeto a la libertad de prensa, fuertemente censurada por su antecesor; en materia económica no sólo prometió atacar la altísima inflación, cercana al 40%, y el desempleo, debidos a las sanciones impuestas ante el programa nuclear de Ahmadineyad. Rohaní desea recuperar la institucionalidad perdida en dicho campo reviviendo el Supremo Consejo Económico.
En materia externa también tendió un ramo de olivo hacia Occidente luego de los daños considerables que causó el discurso nuclear y belicista del último gobierno. Está dispuesto a retomar el diálogo con Naciones Unidas con el fin pronto de que se alivien las sanciones y el país pueda volver a recuperar la senda de una relativa normalidad. Lo anterior no quiere decir que vaya a desecharlo del todo, pues él mismo fue jefe del Consejo de Seguridad Nacional durante el gobierno de Muhammad Khatami y conoce muy bien la letra menuda de este espinoso asunto. Jameneí, por su parte, desea ver en el nuevo conductor del país una actitud fuerte frente a países como Estados Unidos y los europeos. De ahí que deba maniobrar para conciliar las dos posiciones, buscando un punto medio a pesar de los costos que le pueda acarrear. Al respecto, manifestó que “mi gobierno no será un gobierno de compromiso y rendición, pero no seremos tampoco temerarios”. Merece el beneficio de la duda.
Lo cierto es que una vez puestas en práctica las medidas internas y externas que ha pregonado, es muy probable que obtenga resultados positivos en el corto o mediano plazo. Tan pronto como se restablezca el abastecimiento de productos esenciales, disminuya la inflación y cese el ambiente de confrontación, los hechos terminarán por darle la razón. De otro lado deberá lidiar con la espinosa situación de Siria, tradicionalmente aliada de Irán, y cuya guerra civil afecta a Teherán de manera directa a Teherán. Con buen pulso podría cumplir el papel de mediador para ayudar a encontrar una salida viable con su vecino.
Desde la muerte del ayatolá Jomeini, en 1989, Irán ha tenido tres presidentes: Rafsanjani, Khatami y Ahmadinejad. El cuarto, Rohaní, cuenta con el apoyo de los dos primeros, que transitaron una senda similar a la que él promueve y tiene, además, un apoyo mayoritario del electorado para dar un giro importante en materia de libertades y alejarse del nefasto legado de su predecesor. Así las cosas, es de esperar que estos nuevos vientos que soplan en este país, profundamente musulmán, sean los de un cambio lento pero sostenido.