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Obama se mide en las urnas

BARACK OBAMA, EL CARISMÁTICO presidente demócrata que hace dos años ganó los comicios acompañado de un altísimo nivel de popularidad y que generó grandes expectativas con sus lemas de cambio y esperanza en un país inmerso en la crisis heredada de George W. Bush, enfrenta el próximo 2 de noviembre una gran prueba de fuego con las elecciones de "mitaca" en medio de un creciente descontento y malestar del electorado.

El Espectador

31 de octubre de 2010 - 06:00 p. m.
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Todo parece indicar que el Partido Demócrata pagará la impopularidad actual del presidente. Para el votante promedio todavía falta mucho para salir del profundo hueco de la recesión, a pesar de los esfuerzos de Obama por reflotar la economía, los cuales siguen sin dar aún resultados positivos: al iniciar su gobierno se jugó a fondo para sacar adelante una profunda, y necesaria, reforma al sistema de salud, que no va a tener repercusiones a corto plazo; el desempleo continúa disparado; la venta de inmuebles sigue deprimida; las ventas al por menor tampoco despegan. En este escenario los republicanos, causantes de la crisis, salieron a cobrar los desaciertos del gobierno y lograron capitalizar la inconformidad reinante al lograr colocar a sus candidatos con las mejores opciones para las curules en juego en el Senado y la Cámara.

Pero los republicanos tienen problemas internos que también van a tener consecuencias en el corto y mediano plazo. El Tea Party, o Partido del Té, el ala extrema, xenófoba, defensora radical del libre mercado y del poco Estado, que busca frenar el exceso del gasto público y que ensalza los valores religiosos, ganó en pocos meses, de la mano de Sarah Palin, la ex candidata perdedora a la vicepresidencia, las primarias del partido, con lo cual desplazó a candidatos reconocidos y fogueados. Ellos darán mucho de qué hablar a futuro, pues se han convertido en la atracción política del momento. Su nombre engloba varios mensajes que calan hondo dentro de la derecha en el país del norte, al asimilarse al movimiento conformado por colonos patriotas que, durante la Independencia, botaron té en la bahía de Boston como protesta por el pago de impuestos que se les imponía. Lo anterior explica su rechazo a Obama, a quien ven como "socialista", racista hacia los blancos, extranjero y musulmán. La confrontación interna que esto puede ocasionar en las filas republicanas, que ven impotentes cómo estos advenedizos van a disputarle parte del Congreso a los demócratas en su nombre, no se hará esperar luego de las elecciones.

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En las últimas semanas Obama se ha empeñado de lleno en tratar de reversar lo que se percibe como una segura derrota con una estratega que busca atraer el voto joven, el mismo que dos años atrás lo llevó a la presidencia. Sin embargo, se da como un hecho que los republicanos ganarán el control de la Cámara, así que la incógnita es si lograrán hacer lo mismo en el Senado, que se renovará en una tercera parte, pues para obtener la mayoría de 51 curules los conservadores necesitan ganar diez más que las actuales. Los analistas estiman que podrían obtener entre cinco y nueve, dejando en este caso a los demócratas con una precaria mayoría. En este esfuerzo los dos partidos se gastarán la absurda suma de más de US$4 mil millones.

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Lo único cierto es que en Washington va a cambiar el equilibrio de poder. Hay que esperar los resultados para saber si este empuje de última hora logrará modificar los resultados esperados o, en caso contrario, hasta dónde los republicanos, con el Tea Party como mascarón de proa, llegarán con su actual impulso. Sin embargo, y por esas paradojas de la política que mencionó nuestra columnista Arlene Tickner, podría resultar que perder sea una forma de ganar para Obama, y si las cosas no mejoran a mediano plazo, se señale a un Congreso adverso de buena parte de los problemas que padece el país. Podrá no parecer muy lógico pero en política, como en los deportes, nada está escrito.

Por El Espectador

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