En lo que va del año, según reporte del Ministerio de la Protección Social, se han presentado 152 lesionados por pólvora. Pese a que en 2008 a la misma fecha se habían reportado 176 casos, no hay que hacerse demasiadas ilusiones. Se sabe que al final de la temporada navideña el total de lesionados fue de 396 el año pasado.
Sin ir muy lejos, en la noche de las velitas, que debiera ser de festejo y alegría, acaso la excusa perfecta para reunir a la familia, se registraron 24 personas lesionadas con pólvora en todo el país. Y como ya es costumbre, la mayoría de las víctimas, 17, fueron menores de edad.
En el caso concreto de Bogotá, las cifras disponibles indican que entre el primero de diciembre de 2008 y el puente de Reyes de este año hubo 77 quemados. Y, nuevamente, 15 de éstos fueron menores de edad, entre los 5 y los 17 años. Las luces de bengala, los totes, mosquitos, voladores, mechas, pitos y volcanes están entre los artefactos que mayor número de lesionados ocasionaron.
El objetivo de las campañas desplegadas por las autoridades, el ideal de un diciembre sin víctimas fatales por pólvora, ya no se cumplió. El joven Jénner Vergel Vergel, un adolescente que se quemó con pólvora en el municipio La Esperanza en Norte de Santander, falleció en el Hospital Universitario de Santander por lesiones en un cincuenta por ciento de su cuerpo. Es la primera persona que muere en esta temporada como consecuencia de la pólvora. Y a nadie extraña que se trate de un menor de edad.
Situaciones como ésta, lamentables, pueden evitarse. Los castigos y las multas a los padres de familia que permitan que sus hijos manipulen pólvora, aunque en apariencia excesivos, cumplen con el propósito de difundir la gravedad de los accidentes que por simple descuido ocurren todos los años. De ahí que los esfuerzos adelantadas por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar merezcan reconocimiento y sean secundados por otro tipo de iniciativas. El uso de la pólvora debe estar restringido a los expertos en manipularla.
Con todo, si nos atenemos a las estadísticas, la buena noticia es que ha habido una tendencia a la baja en el número de afectados. Las medidas adoptadas por los diferentes gobiernos locales han surtido efectos que requieren continuidad. Prohibir la fabricación y venta de pólvora, no obstante las reticencias de más de un comerciante, ciertamente ha tenido sus efectos. Pocos son los que aún insisten en el argumento del sustento económico que por tradición derivan algunas familias dedicadas a la pólvora.
Y sin embargo, todavía tenemos algunas localidades que se resisten a implementar las restricciones que han dado resultados visibles en las grandes ciudades. Este es, ciertamente, un cuello de botella frente al que habrá que tomar decisiones prontas. Es hora de visibilizar a aquellos que se oponen a implantar una norma frente a la que el acuerdo a nivel nacional es evidente. La pólvora, como las armas y el licor, no puede ser la lucha de todos los años. Quienes crean tener razones de fondo para obviar las directivas generales que han sido impartidas, están en la obligación de someterlas ante la opinión pública.