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Es desgastante tener que escribir un editorial sobre este tema de manera periódica. Una vez más, las canchas del fútbol colombiano se convirtieron en el espacio para una batalla campal entre hinchadas de dos equipos. Una vez más, hubo múltiples heridos, mientras que las autoridades tuvieron que intervenir para dispersar a la turba. No solo se interrumpió un partido, sino que se sembró pánico en los miles de asistentes a un espectáculo que se ha vendido como “familiar”. ¿Por qué la violencia sigue apareciendo en fútbol colombiano? ¿Por qué se siente que las medidas nunca son suficientes?
En esta ocasión, la violencia ocurrió en Bogotá. En el estadio El Campín, Santafé y América se estaban enfrentando en uno de esos partidos que por calidad e historia suele llamar la atención de los amantes del fútbol. En las graderías había hinchas de todas las edades, familias que han convertido en tradición ir a apoyar la liga profesional colombiana. El fútbol sigue siendo uno de esos “terceros lugares” de encuentro para los colombianos, donde no solamente se ve un partido, sino que se construyen identidades y lazos comunitarios. Por eso es tan importante que se pueda garantizar la seguridad de todos los que asistan y que se rompa el ciclo de violencia.
Las imágenes son perturbadoras. Durante el minuto 33 del encuentro, aficionados del América y de Santafé empezaron una batalla que incluso invadió el terreno de juego. Tuvo que suspenderse el partido mientras las autoridades desplegaron una intervención también agresiva. Las personas en las gradas no sabían si irse, si estaban en riesgo, si esperar a que la situación parara. El desconcierto era palpable. También la amargura de sentir cómo unos cuantos actores violentos arruinaban un momento especial para todos, incluyendo menores de edad.
Alejémonos un momento del hecho particular. Con la derrota de la Selección Colombia en la pasada Copa del Mundo, Radamel Falcao, leyenda del equipo nacional, dijo que una de las principales fallas es que nuestro fútbol profesional no tiene la profundidad ni la seriedad necesarias para encontrar y nutrir talentos. El diagnóstico es acertado, pero también comprendemos la complejidad del reto: ha sido difícil que en nuestro país la hinchada crezca y apoye a los equipos locales, más allá de los grandes de siempre. Si no hay un modelo de negocio viable, es muy complicado hacer las inversiones que se necesitan. Todo esto está atravesado por la percepción que el colombiano común tiene sobre nuestra liga profesional. En la última década, se ha hecho un esfuerzo para que las familias retornen a los estadios, lo que no solo aumenta los ingresos por taquilla, sino que garantiza un recambio generacional en la hinchada. Esa es la dirección correcta. Pero hecho como los de este sábado en Bogotá crean un lunar difícil de evadir.
En esencia, la experiencia de ir a ver fútbol tiene muchas fricciones. Si estamos viendo que hay hinchas que utilizan cualquier oportunidad para recurrir a la violencia, ¿qué más podemos hacer para corregir esos comportamientos? Ante la violencia, el alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, dijo que “esto no puede quedar así, no vamos a permitir que el estadio se convierta en un escenario de violencia, tiene que ser escenario de fiesta, de fútbol de familia, no de agresión”. Hoy, la Comisión de Fútbol analizará lo ocurrido, pero más allá de las sanciones particulares, es importante que le cuenten al país qué se hará para evitar que la violencia siga apareciendo. Que no nos roben el espectáculo.
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