Otro feminicidio

La tragedia ocurrida en el centro comercial Santafé el lunes pasado ha causado tanta consternación porque es de las pocas ocasiones en las que este tipo de crimen es realizado en un espacio público.

De nuevo tenemos que escribir sobre una mujer asesinada por un hombre que ya la había maltratado en el pasado. Dice mucho, en estos casos, que sólo cambien los nombres, pero las circunstancias parecen casi calcadas. La tragedia ocurrida en el centro comercial Santafé, de Bogotá, el lunes pasado ha causado tanta consternación porque es de las pocas ocasiones en las que este tipo de crimen es realizado en un espacio público. Pero la abrumadora mayoría de feminicidios se queda en las sombras.

Claudia Giovanna Rodríguez fue asesinada por su expareja, Julio Alberto Reyes, quien la tuvo recluida en un local del Santafé y posteriormente le disparó en dos ocasiones. Rodríguez falleció poco tiempo después. Inmediatamente, distintas voces, no sin resignación, dijeron que se trataba de un “crimen pasional”, predecible (y, por ende, inevitable), e incluso que Reyes tenía problemas de salud mental. ¿Qué oculta ese tipo de discursos?

Al hablar de un “crimen pasional” se está promoviendo la idea, perversa, de que los delitos que se cometen por “amor” son menos graves, más comunes y por ende inevitables. El lema de que Colombia es pasión se convierte en una confesión de que estamos condenados a ser una sociedad irracional que se deja llevar por impulsos, como el dolor que produce, digamos, una ruptura amorosa.

Hay que decirlo: por más que duela el “amor”, no hay nada que justifique la violencia y mucho menos un asesinato. Debemos erradicar la categoría de los crímenes pasionales y dejar de mencionar la irracionalidad y el dolor como si fuesen atenuantes dignos de conductas inexcusables.

Lo mismo aplica para la excusa de la salud mental. Primero, porque parte de prejuicios incorrectos sobre las personas que en efecto tienen problemas. La existencia de enfermedades de este estilo no significa que quienes las sufren se convierten en asesinos o peligros para la sociedad. Segundo, porque, de nuevo, la ocurrencia de estos casos es tan común que tenemos que preguntarnos por las causas que hay detrás de la motivación.

Y esas razones, no sobra recordarlo, ya están diagnosticadas. Son fallas estructurales y culturales de una sociedad donde las mujeres han sido vistas como objetos que deben sumisión y obediencia; esa misma sociedad que dice que el amor duele y que, cuando atacan a una mujer, responde “eso le pasa por...”. Por supuesto, las mujeres también agreden a los hombres, pero los números demuestran que son ellas las que más sufren, sometidas a la desmedida violencia de ellos.

Parte del problema, como lo muestra este caso, es la falta de seriedad con que las autoridades reaccionan a las denuncias. Cuando una mujer alza la voz, se le menosprecia o se le tilda de exagerada. Rodríguez ya había denunciado a su agresor, tenía motivos para temer por su vida y, como en tantos otros casos, no sirvió de nada saberlo por anticipado.

En una marcha reciente de mujeres en Argentina, una niña llevaba un letrero que decía: “El punto no es que todos los hombres acosan, el punto es que todas las mujeres hemos sido acosadas”. Agregaríamos algo más: del acoso al homicidio no hay muchos pasos de distancia. ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar esta realidad y enfrentarla de manera contundente?

 

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