Paciencia y legitimidad

Hace un tiempo los expertos decían (los medios replicábamos) que el proceso de paz había llegado a un punto de no retorno. Es decir: que lo que llevaba de acordado ya era, al menos como un mínimo, la garantía optimista de que todo iba a llegar a buen puerto.

Esa es la imagen que también nos llega desde La Habana, donde las dos partes negocian: no han pasado dos semanas desde que nos dijeron sobre la creación de una comisión de la verdad (harto importante para construir la memoria de la guerra), una vez se firmara el acuerdo del fin del conflicto. Buenas noticias.   
 
Acá, bien lejos Cuba, está la otra cara del proceso: la forma como la sociedad recibe las noticias de la existencia y acciones de las Farc. El proceso se hace cada vez menos digerible, está inmerso en la mitad de una esquizofrenia de anuncios: mientras  avanzan los diálogos, caminan también a paso de gigante los ataques. Más fácil: desde que se quebró el cese unilateral del fuego por parte de la guerrilla y, por ende, el Gobierno decidió reanudar los bombardeos, se siente un pesimismo bien grande. Los hechos son sin duda elocuentes: hay atentados contra la infraestructura petrolera, contra la de servicios públicos, contra las vías. 
 
¿Reducto de negociar en medio del conflicto? Pues sí. En parte. Si bien eso fue lo que se acordó en un inicio, dándole oxígeno a las conversaciones, que se mantienen ajenas, la sociedad ya está esperando un poco más: ya está metiendo todo en la misma bolsa. Es evidente que la guerra debe acabarse gradualmente y no de un día para otro: difícil exigirle a la opinión pública que obre de una manera distinta.   
 
El Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac) ha contabilizado, de un mes a hoy, 63 ataques que pueden ser atribuidos a la guerrilla de las Farc.  De acuerdo con una encuesta de Ipsos Napoleón Franco, fechada en abril de este año, la mayoría de la gente se siente pesimista frente al proceso de paz. Sin legitimidad no hay nada: por más audacia que tengan los negociadores en llegar a puntos comunes, por más que acuerden la salida negociada más rápida frente a un conflicto tan largo. A esto hay que darle una inyección de credibilidad: el aval democrático es la última palabra. Para ello hay que generar consensos frente a lo acordado: una mejor comunicación.  
 
Lo primero, claro, como lo exponía Ramón Jimeno en las páginas de este diario el día de ayer, es generar un diálogo, también, con las élites que en este momento generan impactos de opinión gigantescos debido a la polarización que entre ellas existe  sin posibilidades de un canal comunicador a la vista. Lo segundo, que depende por supuesto de lo anterior, es que haya un entendimiento grande de lo que el proceso es y significa: el hermetismo de la mesa debe ir cediendo terreno hasta agotarse. Hasta que la gente no lo sienta como algo ajeno, que no sirve. 
 
Hace falta, asimismo, voluntad política que ayude a superar esta crisis: no hablamos de acelerar las conversaciones, sino de concretar los hechos que de ellas deberían derivarse. Aquí, por supuesto, necesitamos un paso adelante por parte de las Farc: la paciencia de la gente, sobre todo frente a los atentados, se está agotando con el correr de los días. Más inteligencia, por favor. 
 
 
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