La semana pasada estuvo llena de noticias. Sin embargo, antes de que el vértigo de lo que está por venir nos obligue a concentrar la atención en la segunda vuelta, no queremos que pase bajo el radar una reflexión sobre la otra gran noticia de la semana. Elon Musk se convirtió en el primer ser humano en tener un patrimonio superior al billón de dólares. El encumbramiento del magnate tecnológico vino acompañado de ambiciosas promesas para el futuro de la humanidad. Su grandilocuencia, sin embargo, contrasta con una persona impulsiva, que cada vez utiliza más su poder cultural, económico y político para sabotear cualquier proyecto político que busque un capitalismo más humano.
Musk llegó al billón de dólares gracias a que la empresa que fundó, SpaceX, empezó a cotizar en bolsa. Aunque inició con un precio de USD 135 por acción, alcanzó los USD 150, lo que significa que la fortuna de Musk llegó a USD 1,1 billones. En su portafolio está Tesla, la fabricante de vehículos eléctricos que llegó hace poco a Colombia; Neuralink, que promete revolucionar las interfaces tecnológicas conectadas al cuerpo, y The Boring Company, que construye proyectos de transporte en distintos países. Musk también es el dueño de la red social X, desde donde envía mensajes que son leídos por cientos de millones de personas todos los días. En medio de tanta riqueza, el discurso que ha posicionado es el de una persona trabajadora a la que no le importa el dinero, sino la humanidad. Una publicación que reposteó en su cuenta lo presentaba como el responsable de “descarbonizar la industria automotriz, llevarle internet rápido a todo el planeta y ayudar a personas paralizadas a poder interactuar de nuevo con el mundo”.
La grandiosidad viene desde el mismo Musk. Hace poco dijo que “el dinero no importará” en el futuro, porque llegaremos a una época de “abundancia sostenible”. Según el magnate, “los robots fabricarán tantos robots e IA que realmente satisfarán todas las necesidades humanas. En un momento dado, ni siquiera podrás pensar en algo que pedirle al robot. Como si hubiera tal abundancia de bienes y servicios”. Durante su discurso ante Wall Street, previo a la salida de SpaceX a la bolsa, dijo que “siempre hay problemas en la Tierra... y deberíamos solucionarlos. Pero también tiene que haber cosas que nos emocionen sobre el futuro. Eso es lo que queremos traerles a todos”. ¿Para qué un billón de dólares, entonces? Para llegar a Marte y, en el proceso, materializar una utopía donde los humanos no trabajen, todo sea gratuito y servido por un ejército de robots.
Si nos leen con una ceja levantada es porque, por supuesto, detrás de la rimbombancia hay bastante hipocresía. Este es el mismo Musk que lideró al equipo que derrumbó Usaid, la agencia de cooperación internacional que tantos proyectos importantes por la salud global financió durante años. No en vano otro multimillonario, Bill Gates, afirmó en su momento que Musk tenía sangre en las manos. En las pasadas elecciones, el magnate tecnológico dedicó USD 250 millones de su dinero para impulsar a Donald Trump. En Alemania ha respaldado a la ultraderecha y lo mismo busca hacer en Francia. No ha perdido oportunidad para desacreditar a la Unión Europea y sus intentos por regularlo. En las últimas semanas está obsesionado por derribar al gobierno laborista en Reino Unido. Solo este domingo, en medio de publicaciones que lo alababan, también les dio espacio a mensajes que promueven ideas racistas y desinformación de distinto tipo.
¿Para qué un billón de dólares? Para creerse un mesías y querer normas a su antojo. Un relato que ya conocemos bien en la historia de la humanidad, aunque nunca con tanto dinero disponible.
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