Conversatorio de Colombia 2020

hace 7 horas

La paz ausente

Sí, hubiese sido un espectáculo firmar la paz con la presencia del presidente Barack Obama en Cuba, pero Colombia necesita un acuerdo que garantice el éxito del posconflicto. No hay afán.

Este no es el momento para perder la paciencia en el proceso de paz. / AFP

Llegó —y pasó— la fecha prometida del 23 de marzo y no hubo firma del acuerdo final del proceso de paz que las Farc y el Gobierno Nacional adelantan en La Habana. Pese a que fueron las mismas partes las que dijeron que ese era el último plazo, y aunque en Colombia hicieron fiesta las voces que insisten en sabotear a toda costa este esfuerzo monumental, lo cierto es que no hay motivos para afanar innecesariamente los diálogos. La serenidad y la seriedad que han acompañado a los negociadores desde el principio no deben abandonarse. Unos meses más no serán un problema si el acuerdo final es sólido.

Hace seis meses, el 23 de septiembre del 2015, cuando se acordó uno de los puntos más complejos de la negociación —la justicia transicional—, el presidente Juan Manuel Santos y el comandante de las Farc, Timoleón Jiménez, Timochenko, anunciaron que a más tardar el 23 de marzo pasado se firmaría el acuerdo final. Tal vez los distrajo el optimismo de ese momento histórico, pero ese error, más allá de ser un mal cálculo político, no debe ser fundamento para terminar los diálogos. Especialmente cuando todo indica que estamos más cerca que nunca del final del conflicto armado.

El trayecto ha sido largo, tedioso y lleno de traspiés. Pero eso lo sabían las partes. Precisamente para evitar errores, y aprendiendo del pasado, se construyó un proceso con un método estricto (la agenda de temas) y la paciencia de saber que un conflicto como el nuestro no se termina con facilidad. Sí, hubiese sido un espectáculo firmar la paz con la presencia del presidente Barack Obama en Cuba, pero Colombia necesita un acuerdo que garantice el éxito del posconflicto. No hay afán.

Explicando lo sucedido, el jefe del equipo negociador del Gobierno, Humberto de la Calle, dijo que no quiere llegar a “acuerdos de cualquier manera, tiene que ser el mejor acuerdo posible para los colombianos, a quienes nos debemos y trabajamos desde hace tres años y medio cada día en La Habana”. Exacto. Da seguridad que el Gobierno parece tener claro el objetivo.

Además, y aunque el cansancio de los ciudadanos es entendible, son muchas las buenas señales que vienen desde La Habana. En una entrevista con Univisión, Timochenko dijo que se han dado “avances muy grandes”, que el 70 % del acuerdo del cese bilateral al fuego ya está elaborado y, en una frase que debe quedar para la historia de un país exhausto de las muertes por culpa del conflicto, que “las contradicciones ante la sociedad se deberían resolver por otras vías distintas a la guerra”. Eso suena a discurso de alguien que no está dispuesto a desperdiciar todos los esfuerzos.

La demora es entendible. Es apenas natural que tan cerca del final las partes empiecen a tener dudas y temer dar pasos decisivos. Los dos puntos restantes por pactar —el del fin del conflicto y el de implementación, verificación y refrendación de los acuerdos— no sólo son complejos de resolver, sino que apelan directamente a la desconfianza que los enemigos sentados en la mesa han cultivado en décadas de enfrentamiento. Pero, así como sucedió con todos los acuerdos que ya están en firme, estos reparos se vencen dialogando con perseverancia. Es cuestión de tiempo.

La paz sigue ausente, sí, pero no hay motivos para perder la esperanza. Al contrario, que se haya avanzado tanto es evidencia del acertado diseño del proceso. Colombia no necesita espectáculos.

 

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