Prejuicios en la Universidad Pontificia Bolivariana

Esas recomendaciones, además de ser limitaciones al libre desarrollo de la personalidad, esconden juicios de valor profundo sobre las prendas de vestir empleadas por las mujeres. / Luis Benavides - El Espectador

Cómo es posible que una institución educativa, que se precia de estar a la vanguardia de la modernidad, fomente entre sus estudiantes “recomendaciones” de vestimenta sustentados en prejuicios y completamente insensibles a la enorme lucha cultural, política y legal que se viene dando contra el acoso y el abuso sexual? La Universidad Pontificia Bolivariana (UPB), con sede en Medellín, generó justa indignación al pedir “discreción” al momento de vestir, especialmente en un contexto en el que hay denuncias sobre una mujer a la que le levantaron la falda sin su consentimiento en la universidad.

El artículo se publicó en la página oficial de la UPB. Titulado “¿Cómo vestirse para ir a la Universidad?”, propone una serie de recomendaciones, que más bien suenan a prohibiciones, especialmente dirigidas a las mujeres, tales como evitar “prendas muy ajustadas”, ir vestido “como si fueras a una fiesta”, “usar zapatos altos”, “minifaldas, shorts o escotes muy profundos”. En otro párrafo, el artículo concluía: “Trata de usar ropa discreta, no hay nada más incómodo que distraer la atención de tus compañeros de clase y profesores, para eso te sugerimos evitar utilizar escotes profundos, faldas cortas o ropa muy ajustada al cuerpo”.

Los problemas con esas recomendaciones son claros: además de ser limitaciones al libre desarrollo de la personalidad, esconden juicios de valor sobre las prendas de vestir empleadas por las mujeres. Cuando se le añade a eso el contexto de un preocupante caso de acoso sexual, las sugerencias de la UPB se enmarcan dentro del discurso machista que culpa a las mujeres de lo que les ocurre. Virginia, una estudiante de octavo semestre de Ciencia Política en esa universidad, explicó a través de Twitter que el artículo insinúa que “es culpa de nosotras que un tipo nos mire. Es culpa de nosotras que nos manoseen. Y es culpa de nosotras todo lo que nos pueda pasar”.

Como ella, fueron varias las estudiantes que se organizaron para protestar contra la Universidad con una iniciativa que llamaron “A la UPB en falda”. El jueves rodaron por redes sociales fotografías de mujeres en falda y hombres en short, pidiendo que la universidad no promueva ese tipo de mensajes que revictimizan y en nada le colaboran al debate.

Como respuesta al escándalo, la UPB borró el artículo y publicó un comunicado que denota que sus directivas no comprenden la raíz del problema. “La motivación del texto se dio con el fin de dar algunas recomendaciones generales sobre la comodidad en el ambiente universitario. La UPB no pretende condicionar algún código de vestuario para sus estudiantes y eso es evidente en la dinámica misma de la Institución. Ofrecemos disculpas si en algún momento el texto afectó a alguien por la interpretación que se le diera”.

No es suficiente. El problema no era que se tratara de una imposición de un código de vestuario, sino que los encargados de las comunicaciones no entiendan lo perverso que es promover ese tipo de mensajes en medio de la cultura de machismo en la que vivimos. Además, las universidades del país han demostrado ser incapaces (y no tener la voluntad) de enfrentar el problema del acoso sexual en sus espacios; este tipo de artículos sólo comprueban lo que los estudiantes y observadores ya sospechan: que en temas de género, las instituciones educativas y sus directivas siguen dominadas por los prejuicios.

Esta es una oportunidad de oro para que la UPB lidere una conversación pública sobre el acoso, los prejuicios contra las víctimas y sus maneras de vestir. Podrían aprender de sus estudiantes, que no se quedaron en silencio ante la estigmatización. De paso, también deberían contestar qué se está haciendo en la universidad para combatir el acoso y crear un ambiente propicio para que las personas denuncien y los agresores sean sancionados. El problema, es evidente, va mucho más allá que un tema de “sugerencias” estéticas.

 

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