La prohibición de los piropos

Ante las voces que le restan importancia al asunto diciendo que se trata de una exageración y que hay mujeres que lo disfrutan, deben presentarse los incontables testimonios de mujeres que explican por qué este tipo de expresiones son agresiones que las hacen sentir violentadas en espacios públicos que deberían ser seguros.

Muchas mujeres han expresado que se sienten violentadas por los piropos callejeros. / Foto: Gustavo Torrijos - El Espectador

El pasado 25 de noviembre, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, la Alcaldía de Timbío, Cauca, expidió un decreto que busca atacar de frente la cultura machista: la prohibición de los piropos en ese municipio. Más allá de varias consideraciones sobre la eficiencia de una medida así, son bienvenidas las nuevas estrategias para intervenir en la guerra cultural que hay en Colombia sobre el rol de las mujeres en la sociedad.

Mediante el decreto 120 del 2016, “se adoptan medidas para la sensibilización y prevención de formas y tipos de violencias y discriminación contra las mujeres como es el acoso callejero” y “se prohíben silbidos, frases de mal gusto, piropos en la calle, a las mujeres de este lugar caucano”. Lo interesante es que la Alcaldía inició una intervención que busca evidenciar el daño que generan los piropos indeseados en quienes los reciben.

Además de una sanción pedagógica para quien incumpla la prohibición, en la plaza de mercado, el acopio de taxis, la estación de Policía y otras zonas del municipio se instalaron vallas con frases que definen los piropos como una forma de “agredir e intimidar a las mujeres”. Hay un pasacalles que dice, por ejemplo, “Un galán no acosa a las mujeres en la calle, hace de Timbío un territorio seguro para ellas”.

Según el alcalde de Timbío, Libardo Vásquez, la decisión se tomó después de que un sondeo arrojara que el 90 % de las mujeres del municipio dijeron haber sido objeto de este tipo de abuso. No nos cuesta creer, por cierto, que la cifra sea análoga en el resto del país.

Que el enfoque sea educativo nos parece el principal acierto de la medida, pues, como le explicó Andrea Pizarro, enlace de género de la Alcaldía, a El Tiempo, “sabíamos que íbamos a pisar callos. Buscamos, entonces, una estrategia que no generara más violencia contra las mujeres, algo lúdico y divertido”.

Recientemente hemos denunciado la hostilidad creciente con que algunos colombianos reciben cualquier iniciativa que trate de enfrentar la desigualdad de género. Como lo han dicho varias especialistas en el tema, uno de los principales obstáculos es la comunicación: hay personas que no ven —ni parecen tener intención de ver— que en efecto hay daños estructurales que las mujeres sufren por el simple hecho de ser mujeres, y que ese tipo de violencia se manifiesta cotidianamente.

Por eso, los piropos son un excelente espacio para realizar una intervención de este tipo. Ante las voces que le restan importancia al asunto diciendo que se trata de una exageración y que hay mujeres que lo disfrutan, deben presentarse los incontables testimonios de mujeres que explican por qué este tipo de expresiones son agresiones que las hacen sentir violentadas en espacios públicos que deberían ser seguros. No debe aceptarse como normal que haya mujeres que deban bajar la cabeza y sufrir el miedo en silencio que producen los piropos indeseados por parte de extraños. Cuestionar esas dinámicas de poder tradicionales es un excelente primer paso para ayudar a desarmarlas y crear una sociedad mucho más respetuosa.

Es difícil, por supuesto, medir la eficiencia de los proyectos pedagógicos. No obstante, el solo hecho de abrir conversaciones que no se dan es un buen uso del poder del Estado para intervenir en los espacios públicos. ¿Por qué no pensar en tomar medidas similares en el resto del país?

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